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Al otro lado

Al otro lado
"Al otro lado", de Paco Gómez Escribano. Editorial Ledoria. I.S.B.N.: 978-84-15352-66-2.
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Presentaciones:

Sábado, 27 de abril a las 12 h. en la Feria del libro de Granada, en el Centro de Exposiciones de CajaGRANADA Puerta Real. Me acompañará en la presentación el compañero de Granada Jesús Lens. Y a las 13 horas firma de ejemplares en la Caseta de Firmas.

Sábado, 20 de abril, de 11 a 13 h. y de 17 a 20 h. en la Feria del Libro de Fuente el saz de Jarama.

Sábado, 26 de enero a las 20 h. en el Museo Municipal de Alcázar de San Juan. Me acompañará en la presentación el compañero de Ciudad Real José Ramón Gómez Cabezas, autor de "Réquiem por la bailarina de una caja de música", de la Editorial Ledoria.

Martes, 23 de octubre a las 19.30 h. en la librería Estudio en Escarlata (Guzmán el Bueno 46, Madrid). Si no puedes acudir y queréis un ejemplar firmado, ponte en contacto con ellos y pídeselo (91 543 0534). Te lo enviarán por correo.

Miércoles, 24 de octubre a las 18 h. en Getafe Negro (Carpa de la Feria del Libro). A las 20 h. participaré en una mesa redonda con otros compañeros de la Editorial Ledoria titulada "En los arrabales de la Novela Negra.

sábado, 29 de agosto de 2009

Novelas buenas, novelas malas

De vez en cuando me gusta hacer crítica de novelas, aunque siempre constructivas. Si me gusta una novela, cito al autor, digo el título y no se me caen los anillos en alabanzas. Si leo algo que no me gusta, también lo digo, pero no cito al autor ni el título de la novela que seguramente ha sido escrita con tanto cariño como cualquier otra. Llevaré tropecientas novelas leídas desde que empezó el verano, algunas de autores conocidos y otras de autores de los que no había oído hablar en mi vida o de autores nuevos, hay que arriesgar.

Este verano me estoy centrando más en la Novela Negra, quizá por la avalancha de autores suecos. Respecto a esto os diré que no es oro todo lo que reluce, me he llevado decepciones. Pero también he descubierto cosas buenas. De Larsson y Millenium, nada que decir, la trilogía es estupenda, aunque quizá un poco exagerado el éxito que llega a resultar un tanto artificial. Me ha sorprendido Camilla Lackberg y me han decepcionado otros. Y he profundizado en la obra de Mankell, maestro donde los haya.

Me parece estupendo contar en este país con autores como David Torres y Domingo Villar que han entrado en el género con un éxito arrollador. Siento especial debilidad por David ya que al leer sus novelas me traslado a mi barrio en los ochenta; él habla de San Blas y yo, siendo de Canillejas, me siento totalmente identificado. No conocía a Domingo y la casualidad hizo que me encontrara con su primera novela “Ojos de agua” en la Feria del Libro de Madrid en una caseta. Me gustó la trama y me la compré en bolsillo, suficiente para que en cuanto salió “La playa de los ahogados” fuera a la librería y me la comprara.

Desde que empecé a escribir leo con una perspectiva distinta. Antes leía por puro entretenimiento. Ahora además, procuro aprender. Y se aprende tanto de una novela buena como de una mala. Una de las cosas que más me llama la atención es el encorsetamiento de géneros. No sé si serán exigencias de la editorial o empecinamientos de los autores. El caso es que antes del verano terminé mi tercera novela y me propuse una cosa: mezclar géneros. Así que hice una novela histórica mezclada con otra de género negro. Como siempre, elegí un hecho histórico que me llamaba la atención y lo mezclé con una trama negra, un poco a la forma de David Torres, ya que mi personaje principal es un detective de mi barrio, de Canillejas, lo que me dio la oportunidad de hablar del mismo, como David, que habla de San Blas. Ya veremos qué tal sale el invento, de momento la he presentado a un premio de novela negra. Y si no triunfo, pues nada, a esperar y a explorar otras posibilidades. Y a escribir, que ya tengo argumento para una cuarta que va a ser un poco de ciencia ficción, para romper moldes, intentando apartarme de clichés e investigando nuevos campos.

Por cierto, la última que he leído ha sido “Defensa cerrada”, de Petros Márkaris. No había leído nada de este autor griego con su personaje el teniente Kostas Jaritos. Me ha parecido estupenda. Otro autor más para la agenda.

martes, 25 de agosto de 2009

Los funcionarios

Cada vez que hay una crisis o algo funciona mal, tanto el gobierno de turno como la opinión del respetable, jaleada por tertulianos que a diario opinan en los medios de comunicación de un tema diferente (hay que ver lo que entienden), coinciden: hay que congelar el sueldo a los funcionarios. Ayer escuchaba a una de estas expertas tertulianas que daba su opinión al respecto. Decía que como los puestos de trabajo del funcionariado no peligran , era lógico que se les congelaran los sueldos. Vamos, que al funcionario hay que restarle poder adquisitivo frente al común de los mortales porque es funcionario (brillante razonamiento).

Que sepan todos que un señor que trabaja para el Estado en cualquiera de sus versiones (local, autonómica o nacional) gana menos que otro señor con un puesto equivalente en la Empresa Privada, eso para empezar. Y el acceso a la Función Pública no se puede comparar con el acceso a la Empresa Privada. En el primer caso hay que aprobar unas oposiciones durísimas, por lo menos en la especialidad mía. En el segundo, el acceso se consigue mediante un currículum y una entrevista personal, cuando no por enchufe o “contactos”. La diferencia es abismal.

Así que no entiendo la filosofía de “congelación de sueldos funcionarial” ni entiendo que siempre tengamos que “pagar el pato” los mismos. El que crea que los funcionarios somos unos privilegiados, que hinque los codos y que lo intente, que se esfuerce. Y a ver si somos capaces en este país de que la envidia deje de ser el motor para tomar determinadas decisiones.

He trabajado en la Empresa Privada muchos años. Ganaba mucho más dinero que ahora aunque tenía menos estabilidad. Ahora la tengo, pero cobro menos. Y encima quieren disminuir mi poder adquisitivo. Que se lo mermen a otros, no a mí. Además, no estoy casado ni tengo niños, lo que automáticamente me convierte en beneficiario de ninguna ayuda por nada. Y no me quejo por los cheques-bebé, ni por las ayudas al paro ni por otros incentivos que nunca tendré. Así que, déjenme en paz, que no he cometido ningún pecado, sólo he aprobado una oposición con el sudor de mi frente.

sábado, 22 de agosto de 2009

Escribir

Hace unas horas, mi amiga Felisa publicaba una entrada en su blog en donde hacía unas reflexiones interesantes sobre el arte u oficio de escribir (http://felisamorenoortega.blogspot.com/2009/08/escribimos.html). Yo voy a hacer aquí la mía. Ella hablaba de sus sensaciones, en cuanto a que llegaba un momento en el que se obligaba a escribir. Y que había veces que lo que escribía no le gustaba y corregía y corregía hasta llegar a un resultado óptimo o hasta que lo dejaba peor que estaba.

Creo que esto nos ha pasado a todos. No obstante, yo pienso que escribir no implica sólo la maniobra de sentarse delante del ordenador y empezar a teclear. Al menos yo no lo hago así. Hay veces que sí, que escribo a diario y no puedo parar. En cambio, en otras ocasiones lo dejo durante días, durante semanas o durante meses. Eso no significa que haya abandonado la escritura, ni mucho menos. Durante ese tiempo, mientras trabajo, o mientras paseo o tomo cafés, estoy modelando ideas que al final fraguan mentalmente y ése es el momento en el que vuelvo a sentarme y la cosa sale de corrido. En el caso de las novelas me ocurre otra cosa: llega un momento que tengo que parar porque me agoto mentalmente. Tengo la certeza de que si en ese momento sigo escribiendo me cargo el proyecto. No estoy de acuerdo con los escritores que, por ejemplo, dicen reservarse todos los días unas horas para escribir, pongamos “todos los días de 7 a 11 de la noche”. Según yo lo veo, escribir no es un trabajo de ocho horas al día de lunes a viernes. Escribir es un trabajo creativo y la creatividad no se puede controlar. Lo que más se parece a un trabajo convencional en la composición de una novela es la fase de documentación. Pero el resto es imaginación, trabajo creativo.

En cuanto a lo de corregir y corregir, sencillamente, no lo hago. Me resulta muy difícil releer lo que ya he escrito. Procuro que lo que escriba tenga el suficiente sentido para no tener que volver sobre ello y cambiarlo, para lo cual ha de haber sido creado con la inspiración suficiente. Es cierto que siempre hay que corregir, porque cuando uno escribe comete fallos de argumento, faltas gramaticales y ortográficas, etc. La labor de corrección la debe hacer otro, a poder ser un filólogo que sea un ávido lector de novelas. Porque es bastante común que el propio escritor pase por encima de los fallos sin darse cuenta. Así que siempre ando dando el tostón a los demás, pero creo que no hay otra forma.

Y vosotros, ¿qué pensáis?

viernes, 21 de agosto de 2009

Soledad

Soledad que vienes,
soledad que vas,
soledad que vienes y vas,
que me atrapas desprevenido,
que me arrojas al vacío,
no me atormentes
en el atardecer del alma,
no te he llamado,
¿por qué vienes?
Cuando me acostumbro a ti, te vas,
y regresas cuando te olvido,
y si te busco no estás,
soledad buscada,
soledad encontrada,
soledad del alma,
como novia posesiva,
como amante sin calma
que me prende
y me aprisiona el espíritu.
Soledad despiadada,
soledad opresiva,
descansa,
huye de mí,
por los recovecos del alba,
pero no te vayas lejos,
quiero tenerte cerca,
por si necesito de ti,
por si necesito que me susurres consejo,
por si necesito huir.
Soledad pintada,
soledad dibujada,
que me cobijas,
que me mimas,
pero que me acobardas,
dime dónde vives,
por si necesito paz,
por si quisiera aislarme
de un mundo descomunal
que me muestra sus fantasmas.

jueves, 20 de agosto de 2009

Soledad, de Pedro Salinas

Esta vez publico una poesía de Pedro Salinas titulada “Soledad”. Mi buen amigo Manolo Peña me la enviaba ayer por correo electrónico. Y me sentí identificado con ella, ya que todos, tarde o temprano, experimentamos esa soledad que parece que se aferra a nosotros con uñas y dientes. Presumo de que me gusta la soledad, pero la buscada, no la encontrada. Así que aquí la dejo para goce y disfrute del personal.

Soledad, de Pedro Salinas

Soledad, soledad, tú me acompañas

y de tu propia pena me libertas!

solo, quiero estar solo:

que si suena una voz aquí a mi lado

o si una boca en la boca me besa,

te escapas tú vergonzosa y ligera.

Tan para ti me quieres

que ni al viento consientes sus caricias,

ni en el hogar el chasquido del fuego:

o ellos o tú.

Y sólo cuando callan fuego y viento

y besos y palabras,

te entregas tú por compañera mía.

Y me destila las verdades dulces

la divina mentira de estar solo.

jueves, 13 de agosto de 2009

Vía Crucis


Transito por la vida,

vagando por el tiempo,

sobre baldosas de miedo,

recordando mis miserias,

por la calle Convento.

Alma en pena,

espíritu sobrecogido,

llueven plumas ardiendo,

me lleno de nada,

me alimento de nada,

observo el silencio,

sentado en la Plaza Alta.

Y cuando me creo

que mi mente me llama,

me acerco sigiloso,

hasta las dársenas del puerto.

Camino, camino solo,

miradas perdidas

que me acompañan,

sonrisas fingidas

que me dan tantas razones

para olvidar.

Subo la cuesta,

la de mi vida,

por la calle Trafalgar,

atrapado en Algeciras,

mecido por brisa de mar,

en otras ocasiones,

porque hoy no hay ni viento,

y vuelvo a mi monasterio

que es un templo de silencio.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Buscarse la vida

Los países occidentales vivimos en una aparente sociedad del bienestar. Dicen los expertos que vivimos por encima de nuestras posibilidades y que si el resto del mundo viviera igual que nosotros el planeta agotaría sus recursos y, sencillamente, haría “plof”. Aunque los países democráticos puedan parecer el paraíso, sobre todo a los ojos del tercer mundo, el sistema tiene sus deficiencias y sus pautas no son aceptadas por todos los ciudadanos. La mayoría de la gente trabaja, tiene hijos y lleva una vida aparentemente normal. Pero hay otras personas que desde su adolescencia toman otros caminos. Recuerdo con meridiana claridad la infancia en mi barrio. Todos los niños íbamos al colegio o, mejor dicho, casi todos. Había delincuencia juvenil en aquel Madrid de los setenta y los ochenta. Ya se veía que algunos apostaban por la opción de no estudiar, de hacer lo que les venía en gana. Conocí a varios chavales en esas circunstancias, al fin y al cabo eran mis vecinos. A priori me había forjado una imagen de ellos que resultó falsa, como casi todas las impresiones que se forjan sin profundizar. Se los podía clasificar en categorías similares a las que yo veía a diario en mi clase. Los delincuentes no eran todos malos ni mucho menos tontos. Los había inteligentes, sensatos, calculadores e incluso caballerosos. Sí, también los había temerarios, malos y psicópatas. Y entre los chavales del barrio había una velada admiración por muchos de ellos. Yo admiraba a los inteligentes, a los que eran capaces de dar un “palo” limpiamente. Los había capaces de atracar una joyería, dando un golpe previamente calculado y sin llegar a ejercer la violencia. No me gustaban, en cambio, aquellos que daban un navajazo por sacarte cinco duros. Entre los delincuentes del barrio siempre hubo dos posibles calificaciones: los de guante blanco y los chapuceros, o lo que es lo mismo, los que desplegaban una inteligencia similar a la de los niños que sacaban sobresalientes en clase y los necios, que a duras penas habrían aprobado alguna asignatura en el colegio.

Lo mismo ocurre ahora. Se puede atracar una joyería a la manera de los que lo han hecho recientemente en Londres llevándose un botín de 40 millones de libras (ladrones de guante blanco) o a la manera de las bandas del Este o de los colombianos que habitualmente ejercen su “oficio” en las joyerías de Madrid, es decir, arrasando todo y matando a todo quisqui (sanguinarios chapuceros). La diferencia entre los primeros y los segundos es la inteligencia y el esfuerzo llevado a cabo al planear el golpe con profesionalidad, que, por cierto, no se aprende en unas horas, aunque hay quien piensa que sí. Por lo menos los de una página web que acabo de ver cuyo titular dice: “Hágase ladrón de guante blanco con el nuevo lector de RFID (dispositivo que lee las etiquetas RFID de los electrodomésticos que puede haber en una casa antes de entrar y asaltarla): ¡sólo 20 dólares!” Al parecer, el afán de lucro de algunos no conoce límites.

lunes, 10 de agosto de 2009

Reflexiones educativas y literarias

Desde hace bastante tiempo siento la necesidad de escribir. La verdad es que siempre lo he hecho. Pertenezco a una generación educada entre los últimos años del franquismo y los comienzos de la Democracia. El panorama era: E.G.B., B.U.P.-C.O.U y F.P. Desde las tres ramas citadas se podía acceder al mundo laboral y desde el Bachillerato y la Formación Profesional también se podía optar por la Universidad.

Hice la E.G.B. en el madrileño barrio periférico en el que vivía. Y ahí se despertó la vena literaria, ya que constantemente nos obligaban a hacer redacciones y dictados. Y como castigo (sí, antes había castigos) nos mandaban copiar la lección. Nos fastidiaba terriblemente pero hoy he de reconocer que gracias a esos “castigos” adquirí: destreza a la hora de escribir y velocidad, que me vino estupendamente después a la hora de tomar apuntes en F.P. y en la Universidad; conocimientos, ya que al copiar la lección, los contenidos se quedaban impregnados irremediablemente; disciplina, porque como a nadie le gustaba copiar la lección, íbamos adquiriendo pautas de comportamiento cada vez mejores y se iban puliendo los trastornos de conducta que hoy campan a sus anchas por los institutos. Si hasta en Religión nos mandaban redactar vidas de santos y comentar pasajes del Evangelio. Resultado: cuando terminé octavo sabía expresarme perfectamente, con catorce añitos (hoy los que salen del bachillerato reformado apenas saben escribir unas líneas que tengan un mínimo de sentido plagadas de faltas de Ortografía). En Lengua nos forraban a comentarios de texto, a hacer trabajos referentes a autores de todas las épocas y nos inflaban a análisis morfológicos y sintácticos (desconozco cómo se llaman ahora porque alguien debe de estar cobrando en el Ministerio de Educación por cambiar los nombres a todo. Ahora ya no hay vagos, sino niños adaptados curricularmente).

Luego opté por hacer Formación Profesional ya que a mi alrededor no había tradición universitaria de ningún tipo aunque, más tarde, acabé haciendo una Ingeniería Industrial. Siempre me gustó elaborar mis propios apuntes, primero para mí y después para mis alumnos. Y un día empecé a escribir relato corto, el salto estaba cantado. Si a todo lo que les he dicho añadimos que soy un lector empedernido de novelas, al final acabé escribiendo la mía. Despacio, tranquilamente, con la modesta intención de que la leyeran mis allegados. Pero como el atrevimiento es gratuito, después de que mi entorno me dijera que la novela era buena, la envié a una de las principales agencias literarias del país, sin la más mínima esperanza de que me contestaran, sinceramente. Pasó todo lo contrario. Me contestaron y me dijeron que la enviaban como propuesta a una gran editorial, que contestó positivamente. Y todo en el transcurso de un mes y medio, algo insólito dentro del panorama literario español. A día de hoy, tengo tres novelas terminadas. La primera, la que tantas alegrías me dio, se publica en noviembre, después de una paciente espera de dos años y medio. Y la tercera, la he enviado a un Premio Literario medianamente prestigioso.

Así que, mientras camino por las calles de la ciudad, con la novela que estoy leyendo y mientras siento el placer de la lectura en cualquier terraza de cualquier café se me ocurren muchas cosas. Se me ocurre que no sé por qué han cambiado el Sistema Educativo que, actualmente, es un desastre. Pienso en algo sobre lo que escribir, bien sea el próximo artículo, la próxima poesía, el nuevo relato corto o el argumento para mi próxima novela. Pero sobre todo, tengo unas ganas locas de que llegue noviembre.

martes, 4 de agosto de 2009

El esplendor de la Novela Negra

Vivimos fechas en las que los títulos pertenecientes al género negro inundan las estanterías de grandes almacenes y librerías. Dicen los expertos que se debe a la depresión y que esto ya ocurrió en los años veinte, pero a saber. En mi opinión, buenos novelistas policíacos y detectivescos los ha habido siempre e, invariablemente, cabe la duda de si ahora el público demanda más novela negra o si son las editoriales las que, en un acuerdo tácito, han optado por inundar el mercado relevando, aunque no del todo, la reciente y no agotada tendencia de leer Novela Histórica. O quizá es una mezcla de las dos cosas que se realimentan a sí mismas. El fenómeno, en cualquier caso, ahí está, y si sirve para que el siempre beneficioso hábito de la lectura se instaure en la gente, bienvenido sea.

El género no es nuevo y tiene sus pioneros y sus maestros, véanse Chandler, con su duro y genuino detective Marlowe; Agata Christie, con su concienzudo Poirot; o Conan Doyle y su entrañable Sherlock, el detective por antonomasia. Pero no sólo hay autores extranjeros entre los maestros. En España contamos con el Plinio, de García Pavón; Toni Romano, del prolífico Juan Madrid; o con Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán. Seguro que todos ellos, nacionales y extranjeros, han sido lecturas claves de los actuales autores que han elevado la novela negra a género de culto y de moda.

Comentario aparte merece el fenómeno Larsson, que ha conseguido que, por ejemplo, este verano todo el mundo lleve en el Metro de Madrid el mismo libro entre sus manos, el último de la trilogía “Millenium”, suceso que se ha repetido en todas las ciudades del mundo. Lo de los suecos es para resaltar: Mankell, Camila Läckberg, Assa Larsson, Jens Lapidus..., cada uno con sus personajes fetiche, herederos de los pioneros Maj Sjöwall y Per Wahlöö.

Pero si los suecos copan el mercado, bien es cierto que no son los únicos, y la culpa la tienen escritores de la talla de Sue Grafton, Donna Leon o Patricia Cornwell, sin olvidar a los españoles Lorenzo Silva, José Luis Muñoz o dos de los más recientes: David Torres y Domingo Villar.

Y no todo se reduce a novelas o escritores, sino a eventos que, van surgiendo o que se potencian. En España, increíble es la que se monta todos los veranos en Gijón con su Semana Negra. También en Getafe y Barcelona. O las librerías temáticas del género que además están en Internet con sus páginas web y sus blogs y organizando actos y firmas de libros. Véase Estudio en Escarlata en Madrid y Negra y Criminal en Barcelona.

No puedo terminar sin mencionar los Premios Literarios, unos nuevos y otros que, si bien ya existían, ahora se ven potenciados. Valgan como ejemplos el Premio RBA de Novela Negra, suculentamente dotado, u otro que, si bien es más modesto, no deja de ser prestigioso, me refiero al Premio de Novela Negra Ciudad de Carmona.

Asistimos al esplendor de un género, el negro, que algunos críticos califican como menor. Pero de lo que no cabe duda es de que en la actualidad es el culpable de que muchos lectores vuelvan a leer y de que otros, los más jóvenes, empiecen a ser receptores del “virus” de la lectura.

sábado, 1 de agosto de 2009

Las mariposas

Son molinos de viento,

y, sin embargo, se tornan en torres,

con aspas que no son tales,

inmóviles, coloristas,

las mariposas están quietas,

en silencio,

en contraste con el trigo

mecido por el aire,

las nubes como testigos de algodón,

yendo y viniendo,

mientras la luna comienza

a iluminar un paisaje desolado.

El guerrero agita su estandarte,

ante mariposas gigantes

de vivos colores,

muy quietas en su marco de silencio,

de oscuras verdades

que han de ser calladas,

de cielos sin estrellas

mudos y acechantes,

con ánimas que inquietan almas,

en laberintos de veleidades,

sucintas, enigmáticas,

gobernando las naves.

Son las mariposas de la muerte nívea,

de las lívidas bondades,

muertas de óbitos muertos, sangrantes,

que imploran silencio,

que imponen su quietud,

sin remordimientos,

sin ambages,

campanas que tocan a muertos,

simples tañidos infames,

que recorren los campos,

matando realidades,

escondiéndose de sí mismas.

Y cuando llega el día,

el guerrero vuelve a agitar su estandarte,

el trigo se mece al viento,

y ellas vuelven a mostrar sus colores,

ensombrecidos por nubes,

que van, que vienen,

filtrando los rayos solares,

repartiendo ahora bondades,

después de la noche negra,

después de infiernos dispares,

y proyectan sobre campos

sus verdades abismales.

viernes, 31 de julio de 2009

El tabaco

Pero bueno, qué manía les ha dado a todos los políticos del mundo mundial civilizado con hacernos la vida imposible a los fumadores. Hoy, la ministra del gremio, doña Trinidad Jiménez, ha dicho que la ley antitabaco está en fase de evaluación y que, ante las buenas notas extraídas por la citada ley, se pasará al siguiente estadio, es decir, que los fumadores sólo podamos fumar en la calle. Pues..., apañados estamos. También ha dicho que los fumadores visitamos más los hospitales que los no fumadores y que eso cuesta dinero. Se le ha olvidado mencionar que más del 50% del dinero que vale el paquete son impuestos que van a las arcas del Estado. Digo yo, que cuando me toque ser inquilino de las frías habitaciones de cualquier hospital, tendré pagado el alquiler. Tengo cuarenta y tres años, fumo desde los dieciséis, y de momento no he tenido el gusto, toco madera.

Si por mí fuera, prohibiría el tabaco. ¿No es tan malo? Pues que lo quiten. Claro que, habría que suprimir también la venta de alcohol. Y la de coches, que anda que no contaminan. Y quizá las fábricas y sus expulsiones de CO2 a la atmósfera. Y las nucleares y sus residuos activos durante mil años. Y los conservantes y, ya puestos, la mayoría de los puestos de trabajo que causan enfermedades crónicas como lesiones de espalda, enfermedades respiratorias, etc. Pero no, aquí lo que cuenta es ir arrinconando a los fumadores hasta sus propias casas. Ahora, el tomar un par de vinos en una cena, echar un cigarrito mientras charla uno con los amigos y cerrar la velada con una copita de güisqui, está muy mal visto. Uno puede ser un ciudadano ejemplar, pero si hace lo mencionado es un cuasi delincuente o un apestado. Pues muy bien.

Antes fumar era muy de izquierdas, que se lo pregunten a González o a Carrillo. Al parecer hoy, ser de izquierdas conlleva un matiz de inquisidor que empieza a resultar condenadamente molesto para los que nos gusta disfrutar de las libertades. Y no critiques, que te llaman reaccionario. Como molesto empieza a ser que te miren con desprecio los mismos que luego llevan a sus niños a las hamburgueserías o pizzerías y, junto con ellos, se ponen hasta las trancas de grasa.

Si hay que prohibir el tabaco, que lo supriman. Y si no, que nos dejen en paz, que ya está bien.

jueves, 23 de julio de 2009

Pedigüeños

Aun a pesar de la idea que atesoran algunos de que los escritores somos seres solitarios, raros y extravagantes, a mí, que no niego alguno de los rasgos mencionados en mi carácter, me gusta salir, ver mundo y charlar, aunque he de decir que me aburren la mayoría de las conversaciones triviales que escucho últimamente. Pero sí, me encanta sentarme en una terraza con unos amigos y hablar de aquello y de lo otro. Y una de mis actividades preferidas es tomar café en una terracita y leer una novela o el periódico, sobre todo ahora en verano que tengo tiempo. No sólo leo, sino que aprovecho para ver pasar a la gente y para fisgonear en conversaciones ajenas aprovechando el rol de lector solitario, que de eso (lo de fisgonear) se aprende un huevo.

Pero me molestan ciertas cosas, como por ejemplo el excesivo ruido a mi alrededor, de coches, de máquinas de limpieza, de martillos hidráulicos que perforan aceras, y de chillidos de niños y adultos y ladridos de perros.

Últimamente hay una cosa que me saca de quicio. No quiero parecer engreído ni pedante ni nada por el estilo; comprendo la necesidad de quienes no tienen dinero ni recursos, pero cuando uno quiere relajarse y no puede, acaba cabreado. Me estoy refiriendo a las distintas adaptaciones del pedigüeño de terraza que, como últimamente son legión, pues acaban molestando. El pedigüeño siempre ha existido y seguirá existiendo aunque nunca se mostró en tan diferentes versiones: el del mechero con el típico cartelito; el yonqui; el “chalao”; el jipi “desfasao”; el de la flauta y los del acordeón (éstos son especialmente molestos porque tocan rematadamente mal); el de la ONCE y el de los otros, los minusválidos, que te meten el cupón en los ojos; la del ramito de romero que si no se lo compras te echa la maldición; los de la trompeta y la cabra...; en fin, como pueden ver toda una gama de pedigüeños que te importunan mientras lees o charlas y no siempre son pasivos, pues en algunos casos hasta se ponen impertinentes si no das dinero y te hacen pasar un rato desagradable.

No tengo ni idea, ¿eh? Pero entiendo yo que el que todos éstos dejen por fin de molestar al ciudadano tiene que ser cosa de los ayuntamientos a través de la Policía Municipal. Yo sería uno de los ciudadanos que se mostrarían agradecidísimos si así se procediera. Y creo que no sería el único.

lunes, 20 de julio de 2009

Madrid en estado puro

Acabo de regresar de Madrid en fulminante visita de ida y vuelta para volver a introducirme en Algeciras, ciudad que lleva ya seis años albergando al que esto escribe. Cada vez que viajo al Foro la comparación y los contrastes son irremediables. Lo primero que me llamó la atención fue la evolución de la personalidad de los músicos en el Metro. Antes, como ahora en Algeciras, estaban los del acordeón, el de la guitarra y el indio de la flauta de tubos, pero todos a pelo. Ahora no. El de la flauta, ahora lleva caja de ritmos y micro y claro, los compases de “El cóndor pasa” suenan mejor. Luego, en el pasillo había un nota tocando “New York, New York” al saxo. Si a mi consabida debilidad por el saxo se añaden los ritmos, concluyo que aquello sonaba de maravilla. Pero es que luego había un vocalista que se marcó el “You are so beautiful” al micro, con su cajita de ritmos, claro, de manera magistral. Qué voz que tenía, por Dios. Y todo esto por no mencionar al del chelo y al violinista de hoy que interpretaban clásica como los ángeles.

Por lo demás, todo como siempre. Bueno, mejor sería decir como últimamente, con una mezcla de gentes de diferentes zonas del mundo como en pocas capitales se ve. Las terrazas a tope, las bravitas de Sol de rigor, paseíto por el Rastro, los paseos por la Plaza Mayor y el Palacio Real, etc; los mismos dos heavys cincuentones de siempre que cita Reverte en su artículo de “El Semanal” del finde, con sus litros del Mahou y estacionados en el mismo sitio de siempre, es decir, en la Gran Vía, frente al edificio de Telefónica; las librerías, incluyendo una grandísima que he descubierto en la calle Luchana en este viaje y en donde me he agenciado dos títulos en bolsillo de Chandler. Y un fenómeno que, al parecer, no conoce fronteras. En el Metro, en las cafeterías, en los parques, siempre hay gente leyendo. Pero jamás había visto a tanta gente con el mismo libro en sus manos. ¿Adivinan cuál es? Pues claro, sí el que se estaban imaginando, el de Larsson.

Y como anécdota, la frustración de un municipal que tomaba anoche un café en el mismo pub irlandés en el que yo degustaba una Murphy’s roja de barril. El hombre, de unos cuarenta, contaba a un escéptico barman veinteañero que sonreía con indiferencia lo harto que estaba de ser policía municipal, trabajo, siempre según sus propias palabras, rutinario y falto de motivación y creatividad. Estaba harto de los compañeros “rambitos”, de los licenciados que entraban en el cuerpo por la estabilidad laboral, de los que lo hacían por tradición familiar y de un trabajo, en definitiva, en el que había una fuerte jerarquía que impedía las actuaciones individuales. Al final terminó diciendo que iba a pedir excedencia y que se iba a ir a Fuerteventura a buscarse la vida pescando. Eso, mejor que acabar deprimido o divorciado, como la mayoría de sus compañeros. Pues atentos los mandos, que digo yo que no será nada bueno tener a una policía desmotivada.

En fin, que aquí estoy de nuevo, en Algeciras, sin tantos matices, pero en donde aún uno se puede comer un borriquete o un pargo recién cogido de las aguas de la Bahía. Y en donde, de igual forma, siempre se puede leer una novela de Chandler (ya me leí las de Larsson), como en Madrid, pero mirando al mar y mecido por su agradable brisa.

martes, 14 de julio de 2009

Soñé

Soñé que caminábamos de la mano,

que corríamos al son de una canción,

yendo al cine de verano,

con tu sonrisa brillante,

con el destello relampagueante de tus ojos,

alumbrando las calles de la ciudad,

vivíamos frente a la muralla de un castillo,

y me juré que un día viviríamos dentro,

para hacerte reina del corazón

en el que mora tu amor.

Soñé que tu pelo era una cascada,

y que la melancolía había muerto,

que mi alma volvía a estar limpia,

curada por tus besos,

libre de anhelos,

y que mi espíritu había ahuyentado

los fantasmas de otros días,

días oscuros y espesos,

dolorosos y pesados

como los días de invierno.

Soñé que veía tu rostro,

y que no veía más paisajes muertos,

soñé que me abrazabas,

y que, por fin, caminaba sin velo,

volviendo a ver las calles

desde fuera de los bares,

atardeceres de los de antes,

sin demonios ni fantasmas,

sin agobios ni tormentos,

y que paseaba libre.

Soñé que la calle de la melancolía

había cambiado de nombre.

Soñé que deambulaba por la calle de la Alegría,

luz donde antes sólo había tinieblas,

versos luminosos

en vez de versos malditos,

que mecían tu rostro

enmarcado por tus cabellos,

que me dan la vida

y me privan de morir.

sábado, 11 de julio de 2009

Terminé

Con mucho esfuerzo, con muchas horas de sacrificio..., tras muchas horas de soledad, después de dedicar horas y horas al trabajo de documentación, y después de someter el texto a interminables correcciones, he terminado mi tercera novela. Cada una de ellas es como un parto y la espera para verlas publicadas es uno de los ejercicios de paciencia que con más disciplina he tenido que llevar en la vida. La que acabo de terminar es la tercera. La primera, cuya redacción y corrección terminó hace unos dos años y medio, la mandé a una de las agencias más importantes de España. Para mi sorpresa, me contestaron que les gustó y que la mandaban como propuesta editorial a una editorial importante. Me quedé totalmente flipado cuando me informaron de que a la editorial le había gustado mucho y me pusieron un contrato delante de mis narices. Lo firmé y hasta ahora. Al parecer, el libro va a salir publicado en noviembre.

Mientras tanto he escrito otras dos novelas que están a la espera de que se publique la primera. Desde entonces he hablado con amigos y con otros escritores que me preguntan que cómo no he enviado las novelas a algún concurso, etc. Y la respuesta no la sé ni yo mismo. Lo cierto es que la experiencia me dice que las trayectorias de cada escritor son totalmente diferentes y que no dependen de los mismos. Si yo hubiera querido, a estas alturas la novela ya estaría publicada con Diputación, Ayuntamiento o con alguna editorial menor. Puede que, incluso, si la hubiese enviado algún concurso, habría ganado, o no, que nunca se sabe, y puede que la novela, quién puede saberlo, ya estaría editada. Pero en todos los casos, la trascendencia habría sido mínima.

Yo he preferido ejercitar la paciencia, consciente de que he tenido una suerte inmensa. Primero, al haber sido admitida la novela por una de las principales agencias del país. Segundo, por haber aceptado el texto una editorial grande. Mientras tanto, sí, he escrito otras dos de las que no tengo ni idea de lo que pasará con ellas. Pero, en todo este tiempo, he tenido que ejercitar la paciencia para no tener alguna otra crisis de ansiedad producida por la espera. Lo bueno es que tengo mi trabajo y no vivo de esto. Imaginaos las ganas que tengo de que llegue noviembre. Y espero que la recompensa llegue a paliar el coñazo de la espera producida durante dos años y medio.

martes, 7 de julio de 2009

Los desatinos autonómicos

A estas alturas nadie medianamente sensato es capaz de negar que la dictadura franquista se dedicó sistemáticamente a reprimir todo lo referente a identidades dentro de España. Se prohibieron fiestas tales como los carnavales, se atentó de manera constante contra la libertad de expresión, sobre todo la que tenía que ver con identidades regionales, y se prohibió hablar en gallego, valenciano, catalán, euskera y en los dialectos diversos de otras regiones. ¿Que estuvo mal? Sí, muy mal. Pero también es cierto que con la llegada de la democracia todo aquello se acabó. Se levantaron las restricciones, se volvieron a crear parlamentos autonómicos y se restauraron competencias. En algunos casos, determinadas autonomías adquirieron ciertas competencias por primera vez en su historia.

Pero las nuevas autonomías, sobre todo la vasca y la catalana, no se mostraron muy contentas. Seguían hablando de estado represor y no sé cuántas cosas más. Parece como si se sintieran muy cómodos en ese discurso y satisfechos de sentirse marginados como si todavía estuviera Franco, sólo que ya no estaba. Sus respectivos partidos nacionalistas han ido ocupando legislatura tras legislatura un gran porcentaje de escaños en el parlamento español, merced al generoso sistema electoral español para con ellos. Y se han dedicado de forma sistemática a garantizar la gobernabilidad de los dos partidos principales cuando sólo disponían de mayorías simples. Aunque, verdaderamente, lo que han hecho es chantajear al partido de turno a cambio de más competencias. Los ciudadanos vascos, gallegos, catalanes y valencianos son un tanto más ricos que los demás españoles ya que son bilingües. Por un lado cuentan con el castellano y por otro con sus respectivos idiomas autóctonos. Eso les ha dado privilegios frente a los demás españoles. Pongamos un ejemplo: ellos pueden opositar en todo el territorio nacional a cualquier escala funcionarial del Estado o autonómica; sin embargo, el resto de españoles no puede hacerlo en Cataluña, Galicia, Valencia o Euskadi.

El último despropósito es una ley aprobada por la Generalitat de Cataluña que obliga a todos los niños de allí a estudiar en catalán. Aun siendo dos los idiomas oficiales, el Parlament incumple una vez más la Constitución y los políticos españoles haciendo el Don Tancredo, mirando para otra parte, vamos, no se vayan a molestar en Cataluña. Tenemos unos políticos indignos de gobernarnos, pero ahí están y les seguimos votando. Los catalanes han metido la pata hasta el fondo. Cuando deberían garantizar la enseñanza en los dos idiomas y proporcionar los medios para que se aprendiese el otro, vuelven a marginar el castellano, privando a los niños catalanes de poder expresarse en una lengua que, quieran ellos o no, es infinitamente más universal que el catalán, haciendo gala una vez más de su necedad y de su aldeanismo. Además han hecho correr la creencia de que quien defiende el castellano es de derechas y que quien defiende el catalán es muy progre.

Pues yo soy madrileño, y a mucha honra, de un barrio obrero de tradición de izquierdas, y me parece que los de ciertas autonomías se están pasando, claro que existen los que se lo permiten. E insisto en que estamos gobernados por políticos mediocres. Soy castellanohablante y estoy orgulloso de ello al igual que de mi condición de ciudadano del mundo. Claro que, también soy consciente que después de escribir esto, lo mismo pertenezco al Estado represor y yo no lo sabía. Aunque también puede ser que ciertos políticos sean un tanto gilipollas y ellos tampoco lo sepan.

domingo, 5 de julio de 2009

El placer de leer

El otro día me dejé una novela olvidada en un bar. Por la noche, al acostarme, la eché en falta y me volví loco buscándola por el apartamento hasta que me di cuenta del olvido y me acosté con la esperanza de recuperarla aunque, a decir verdad, no albergaba muchas expectativas porque el bar estaba lleno. Encima, era la última de Larsson y me dije que con el tirón mediático correspondiente..., en fin, que casi asumí que tendría que ir a comprarme otro ejemplar. Al día siguiente me pasé por el establecimiento a tomar un vermucito y a preguntar. El libro estaba, cosa que agradecí a los camareros, aparte de comentarles la poca ilusión que tenía de encontrar el libro la noche anterior. Para mi sorpresa se echaron a reír y me dijeron que quién se iba a llevar un libro, además tan gordo. Daban por supuesto que los intereses de los clientes habituales eran otros bien distintos y que los de ellos...: “como leemos tanto...” decía una camarera en plan socarrón. En fin, que me tomé el vermú y me fui de allí con “La reina en el palacio de las corrientes de aire” bajo el brazo, contento de haberlo recuperado y un pelín triste por lo que acababa de escuchar.

Desde luego, la gente que no lee no sabe lo que se pierde. Empezar a leer una novela nueva es un acto casi mágico, de los pocos que quedan en estos mundos de Dios. Yo siempre empiezo contemplando la portada, leyendo el título y el nombre del autor, contemplando su fotografía (si es de los que la lleva) y volviendo a repasar su biografía y la sinopsis de la trama. Una vez cumplido el ritual, abro el libro y me voy hasta la primera página: “Capítulo 1”, leo, y pienso en las horas tan felices que me esperan.

Abrir una novela es abrir una puerta, es empezar un viaje, es reunirse con uno mismo, es abrazar la soledad y el aislamiento esperado después de días de trabajo y preocupaciones, y estar dispuesto a disfrutar de paisajes, de personajes, de situaciones y de buenas formas a la hora de escribir, y de aprender.

Para mí el año empieza en septiembre, cuando empiezo con mi trabajo habitual. Paralelamente, suelo empezar a escribir una novela que termino en junio aproximadamente, depende. Y a partir de ahí y, durante el periodo de verano me dedico a devorar novelas. Ahora me encuentro en ese periodo que cito. Tras terminar de escribir mi novela, me esperan julio y agosto para leer todo lo que me dé la gana. Y me lo voy a pasar en grande, porque leer es eso, pasarlo en grande.

sábado, 4 de julio de 2009

Ave que vuela bajo

Soy ave que vuela bajo,

siento la gelidez de tu aliento,

mientras mi corazón se oxida

y mi alma se nubla,

y muero,

muero por una sonrisa,

destapo miradas impías,

observo luces apagadas,

de la senda del olvido,

que recorro ausente,

salvando obstáculos,

superando odios,

con mi espíritu baldío,

en calles de sombras.

Soy ave que vuela bajo,

para perder el silencio

de voces vacías,

de voces malditas,

de sonoros cantos malditos,

que corean letanías muertas,

en panales de miseria,

en marquesinas dormidas,

que generan pesadillas

y prolongan sufrimientos

de ideas marchitas,

con flores negras

de pétalos de sangre

inyectados de malicia.

Soy ave que vuela bajo,

oteando tus perfumes,

buscándote entre corduras

que se tornan en locura,

raseo el suelo siguiendo

rastros de melancolía,

de gente absorta,

de soledades fingidas

y sonrisas falsas,

palabras encadenadas

que fluyen sin sentido,

que me marean,

que se tornan en discursos vacíos

que cercenan mi memoria.