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Al otro lado

Al otro lado
"Al otro lado", de Paco Gómez Escribano. Editorial Ledoria. I.S.B.N.: 978-84-15352-66-2.
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Presentaciones:

Sábado, 27 de abril a las 12 h. en la Feria del libro de Granada, en el Centro de Exposiciones de CajaGRANADA Puerta Real. Me acompañará en la presentación el compañero de Granada Jesús Lens. Y a las 13 horas firma de ejemplares en la Caseta de Firmas.

Sábado, 20 de abril, de 11 a 13 h. y de 17 a 20 h. en la Feria del Libro de Fuente el saz de Jarama.

Sábado, 26 de enero a las 20 h. en el Museo Municipal de Alcázar de San Juan. Me acompañará en la presentación el compañero de Ciudad Real José Ramón Gómez Cabezas, autor de "Réquiem por la bailarina de una caja de música", de la Editorial Ledoria.

Martes, 23 de octubre a las 19.30 h. en la librería Estudio en Escarlata (Guzmán el Bueno 46, Madrid). Si no puedes acudir y queréis un ejemplar firmado, ponte en contacto con ellos y pídeselo (91 543 0534). Te lo enviarán por correo.

Miércoles, 24 de octubre a las 18 h. en Getafe Negro (Carpa de la Feria del Libro). A las 20 h. participaré en una mesa redonda con otros compañeros de la Editorial Ledoria titulada "En los arrabales de la Novela Negra.

sábado, 11 de junio de 2011

Mi firma en la Feria del Libro

El pasado viernes 3 de junio por la tarde, firmé ejemplares de mi novela “El círculo alquímico” en la Feria del Libro de Madrid. Ni en el más paranoico de mis sueños, años atrás, tantas veces caminando entre las casetas, habría podido vislumbrar que un día estaría yo ahí firmando como autor. Es un sueño no soñado hecho realidad.

Tomé el autobús en el barrio y me bajé en la esquina del Retiro, en Alcalá. Tanto mi hermano como mi querida amiga Virtudes Reza, que vino expresamente desde Algeciras para asistir al evento, me acompañaron en los momentos previos al acto. Fue sentarme y empezar a desfilar por allí amigos y conocidos que me agasajaron con su presencia. A algunos los esperaba. Otros me sorprendieron. Todos me conmovieron.

He de dar las gracias a los libreros de Estudio en Escarlata, ya que cedieron la caseta para mis firmas. La editorial Ledoria, como es toledana, no tiene la posibilidad de estar presente en Madrid.

No tengo palabras para describir lo que sentí esa tarde. Por allí pasaron escritores a los que todavía me da corte llamar compañeros dada mi bisoñez en esto de las Letras. No quiero que se me olvide nadie, pero fue un placer ver desfilar por allí a Jorge Díaz, Jerónimo Tristante, Miguel Ruiz, José Luis Zapatero, Julia Montejo, M.J. Sánchez, Víctor Fernández Correas y..., seguro que se me olvida alguno. Asimismo, antes de entrar a la caseta, me cupo el honor de charlar con Rosa Ribas, que firmaba en la caseta de al lado. No menos emotivo fue ver que por allí pasaron muchos amigos, tanto del ámbito personal como del ámbito laboral y literario. El pensar que todos ellos estaban allí por mí me conmovió en extremo, aunque tocaba disimular porque no era plan de emocionarse en público.

Desde el otro lado las cosas se ven distintas. Yo no esperaba firmar demasiados ejemplares, claro está, debido a que es mi primera novela y no soy conocido. De hecho, la mayoría de las ventas se distribuyeron entre conocidos. Pero me hizo especial ilusión ver como algunos lectores a los que no conocía de nada también se llevaron mi novela. Creo que en total firmaría unos veinticinco ejemplares, lo que superó todas mis expectativas.

Anécdotas la hubo. Entre ellas la de un niño con gafas y cara de empollón, cuya barbilla llegaba justo al mostrador, que pasaba cada cinco minutos y que me preguntaba si el libro era de miedo. Otra lectora me tomó por el librero y me preguntó por la novela de mi amigo Óscar Urra. Le dije que era la tercera entrega del detective Julio Cabria y que estaba muy bien. Vamos, que se la vendí aunque, eso sí, no se la firmé, aunque contándole la anécdota días después al propio Óscar me comentó que se la podía haber firmado por delegación.

Casi lo más emocionante se produjo al término de las firmas porque unas veinticinco personas se quedaron a acompañarme. Y en la escalera de detrás de la caseta, en presencia de la solemnidad de la estatua del general Martínez Campos, se organizó una merienda improvisada, ya que la gente llevó de todo y estuvimos tomando unos vinos, jamón ibérico, tortilla, empanada, etc. Algo dije yo en Facebook de preparar esta merienda, pero no esperaba una respuesta tan multitudinaria. Así que, en ese ambiente festivo que se perpetuó más allá del anochecer, me pasé por todos los corrillos y se habló de Literatura y de todo un poco. Especial ilusión me hizo el que se quedara al ágape campestre Miguel Ruiz, un escritor con tres novelas a sus espaldas, que ha vendido miles de ejemplares de cada una de ellas, y que quería conocerme y charlar conmigo. Me dijo que mi novela era buenísima y que le había encantado y yo casi me caigo muerto allí mismo.

La velada se prolongó entre cervezas en una de las terrazas de fuera del parque con un grupo ya más reducido, y las charlas animadas entre amigos continuaron hasta altas horas.

En fin, que no me he visto en otra, que lo pasé de cine, que espero que no sea la última y que solo por esa tarde ha merecido la pena tanto trabajo. Gracias a todos de corazón.

martes, 31 de mayo de 2011

Presentación en Madrid de “Las niñas perdidas”, de Cristina Fallarás

“Tipos infames” es una librería con bar enclavada en pleno corazón de Malasaña. Fue el lugar elegido para la puesta de largo en Madrid de la novela “Las niñas perdidas”, de Cristina Fallarás, ganadora del Premio LH confidencial de este mismo año.

Al llegar me encontré en la puerta con el maestro de ceremonias, Rafael Reig, con whisky y un cigarro de liar en la mano. Le saludé y me eché un pitillo con él. Aunque he coincidido últimamente con el maestro, nunca había tenido tiempo de expresarle mi admiración por su columna de los sábados en el ABC Cultural y tuve la suerte de que me obsequiara con un repertorio de anécdotas relativas a periodistas y escritores. En el transcurso de la charla, Cristina Fallarás salió a saludar a Patrick Erikson que en ese momento pasaba por allí, aunque no podía quedarse al evento por motivos de trabajo. La saludé y le regalé una camiseta de mi novela“El círculo alquímico”, que lo prometido es deuda.

Ya dentro, Manolo Rodríguez, coordinador de los Sábados Negros en Traficantes de sueños, me invitó a una cerveza y con ella me bajé a la sala en donde se realizó la presentación ante un público compuesto mayoritariamente de escritores. Por allí estaban Pedro de Paz, David Torres, Carlos Salem, Yanet Acosta, Marcelo Luján, José Ovejero...

Abrió la charla Rafael Reig haciendo una semblanza de la novela con su habitual estilo, el mismo que imprime a sus columnas. Habló de novela negra y de que esta nace como continuación de la novela picaresca, retomando la crítica social. Después se centró en “Las niñas perdidas” y en la temática que aborda para terminar diciendo que todas las mujeres llevan consigo una niña que perdieron por el camino, en alusión al título del libro. Nos dijo que a él le parecía que Cristina había reescrito Peter Pan después de leer a Leopoldo María Panero, una original definición, una más de las que ya nos tiene acostumbrados.

Cristina, según me confesó ella más tarde, al contar con un público que era mayoritariamente del gremio, se ahorró las típicas referencias a Chandler y a Hammett para centrarse única y exclusivamente en contarnos su impulso y sus motivaciones para escribir esta y otras novelas. Nos habló de la ventaja de la ficción frente al periodismo para tocar ciertos temas, entre ellos el abuso de menores y el crimen, elementos principales de la trama de su libro. Cristina aún mantiene esa rabia que todos hemos tenido de adolescentes y que ella conserva, lo que le da un punto de vista único para escribir y expresar sus ideas de manera cruda y, para algunos, salvaje, por lo que ha tenido bastantes problemas con críticos, compañeros y lectores. Pero lleva toda la razón cuando dice que es bastante curioso que la gente se escandalice cuando matan a un animal en un libro y no lo haga si se mata y tortura a una persona.

Hubo un par de preguntas que Cristina respondió y después se nos sirvió un vino que propició algunas tertulias entre los que allí estábamos, aunque al final terminamos subiendo a la barra. Después de pedir las consumiciones acabamos en la puerta de la librería charlando de diversos temas, ya que la tarde era buena y porque la ley antitabaco parece que no va muy bien con los escritores, entre los que me cuento, ya que habríamos estado estupendamente dentro echando un pitillo, pero las cosas son como son.

La velada terminó en la terraza de un bar en donde estuvimos cenando, aunque hubo tiempo para degustar unos gyn tonics en uno de los muchos garitos que pueblan la zona. Cristina me confesó que Victoria, la detective de “Las niñas perdidas”, tendrá continuidad en una segunda entrega. Y doy fe de que ha creado un personaje que merece esa continuidad.

viernes, 27 de mayo de 2011

Firmas en la Feria del Libro de Madrid

Como sabéis, en la Feria del Libro de Madrid solo hay casetas de editoriales y librerías madrileñas. Siendo la Editorial Ledoria toledana, no tiene la posibilidad de estar en la Feria. No obstante, la librería Estudio en escarlata ha tenido la gentileza de invitarme a firmar en su caseta nº 87 el viernes 3 de junio de 18.30 a 20.30 horas. A todos los que paséis por allí será un placer para mí saludaros. Para los que aún no tengáis la novela y os interese comprarla y no podáis pasar por la Feria o seáis de fuera de Madrid, recordad que existe la posibilidad de obtener un ejemplar dedicado. Para ello solo tenéis que poner un email a la librería (info@estudioenescarlata.com) o poneros en contacto con ellos por teléfono (91 543 0534). En cualquiera de los casos, especificad que queréis el ejemplar dedicado y yo me paso y lo firmo.

Después de tantos y tantos años paseando por el Retiro entre las caseta como lector, en esta edición acudo como autor. Me hace mucha ilusión, porque como sabéis, es mi primera novela y aparte de las presentaciones que he hecho en Madrid no me he visto en otra. Espero que no sea la última.

Por último, os dejo el calendario de firmas en la caseta de Estudio en escarlata de autores que en muchos casos son amigos o conocidos, todos ellos de gran valía, por si estuvierais interesados.

AUTORES FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2011

CASETA 87

ESTUDIO EN ESCARLATA

Viernes 27 de mayo a domingo 12 de junio

Horario de las firmas: viernes de 18:30 a 20:30 y los sábados y domingos de

12:00 a 14:00 y de 18:30 a 20:30

Sábado 28 Mañana Alfonso MATEO SAGASTA

Tarde Cristina FALLARÁS

Domingo 29 Mañana Carlos SALEM-Yanet ACOSTA

Tarde Oscar URRA

Viernes 3 Tarde Paco GÓMEZ ESCRIBANO

Sábado 4 Mañana Rosa RIBAS

Tarde Juan Ramón BIEDMA / Alberto LÓPEZ AROCA

Domingo 5 Mañana Rafael REIG / Juan BOLEA

Tarde 17:00 - 18:00 Simon SCARROW

18:30 – 20:30 Fernando CÁMARA-Javier QUEVEDO PUCHAL

Viernes 10 Francis P. FERNÁNDEZ-David G. PANADERO

Sábado 11 Mañana Javier NEGRETE

Tarde Luis GUTIERREZ MALUENDA

Domingo 12 Mañana José Luis MUÑOZ

domingo, 22 de mayo de 2011

Luis Gutiérrez Maluenda en los Sábados Negros

El pasado sábado 22 de mayo hubo un programa bastante completo en los Sábados Negros de la librería que lleva ese poético nombre: Traficantes de sueños. Si bien el jazz suele estar presente en las sucesivas veladas, en la pasada se erigió en protagonista.

Para empezar, Teresa Alonso nos hizo una introducción a la figura del pintor alemán de entreguerras Otto Dix, para analizar posteriormente una de sus obras más famosas, un tríptico llamado “Metrópolis” que surge en Dresde en 1928. El cuadro, en su parte central, nos presenta la opulencia de una sociedad en la figura de una pareja que baila el charlestón ante una banda de swing-jazz. Una escena llena de detalles, entre ellos un músico negro y una mujer fatal que se asemeja a un ángel caído. En contraste con esta escena principal, las de los lados son todo lo contrario. El pintor representa en ellas a prostitutas callejeras que andan por las calles desafiantes ante mutilados de guerra. Esta pintura es hoy en día un icono de los dorados años veinte. El nazismo le consideró un pintor degenerado e incluso llegaron a destituirle como profesor de la Dresdner Akademie.

A continuación, Manolo Rodríguez, coordinador de los Sábados Negros y habitual y hábil conductor de las veladas, nos presenta a Juan Claudio Cifuentes “Cifu”, ese mago que mantuvo durante siete años en televisión el mítico programa “Jazz entre amigos” y que continúa actualmente obsequiándonos con sus conocimientos en Radio Nacional de España. La intervención del catedrático empezó con una regresión a su niñez. Nos contó que nació en Francia, lo que favoreció que ya desde niño se acercara al jazz, llegando incluso a hacer novillos de sus clases, en ocasiones acompañado por un joven profesor, para escaparse a ver actuaciones y conciertos. Como también tenía la nacionalidad española, no quiso cumplir los 21 años en Francia y que le reclutaran para ir a primera línea en la guerra de Argelia. Así que se vino para España e hizo aquí la mili. Empezó a frecuentar un garito madrileño llamado “Whisky jazz” del que se hizo asiduo y terminó escribiendo en su revista, una publicación que se distribuía a suscriptores, por un período de ocho años. Fue entonces cuando junto a otro grupo de entendidos empezó a hacer sus pinitos en la radio, medio del que declaró no tener ni idea en aquellos años y del que se hizo un experto sobre la marcha. Tanto los artículos como los programas de radio no le reportaron ningún beneficio económico pero le hicieron lo suficientemente conocido como para que terminara de hacer de aquello su profesión, en la que aún sigue. Entre alocuciones, pudimos escuchar piezas de Duke Ellington y de Billie Holiday. “Cifu” hizo de su intervención toda una clase de jazz, mezclada con datos de su biografía y regada de comentarios jocosos que hicieron las delicias del público, pasando de puntillas por piezas que tenían que ver con bandas sonoras de cine y novela negra. Nos hizo ver su admiración por el gran Duke, del que no solo conoce su obra, sino un repertorio de anécdotas de él y de sus músicos. También nos dijo que ya le gustaría a él profundizar en otros géneros musicales, pero que le haría falta otra vida solo para saber todo lo que le gustaría de jazz.

Después, Manolo nos presentó a Luis Gutiérrez Maluenda, un ejecutivo informático que un día decidió dejarlo para escribir novela negra. El escritor nos hizo dos sinopsis de las respectivas novelas que presentaba ayer: “Mala hostia” y “Los muertos no tienen amigos”, incidiendo especialmente en el tipo de detective que había creado para cada una de las obras y en los diversos tipos de detectives que pueblan el panorama negro internacional. Nos comentó que la gente tiene una visión un tanto deformada de los prototipos sociales que aparecen en las novelas debido al cine americano, tendente a adornar las tramas y a los finales felices. Así, nos explicó que los mafiosos, al pertenecer a las clases sociales más bajas, jamás escuchaban ópera, como nos han hecho creer desde Hollywood, sino que escuchaban blues y jazz. “Cifu” se mostró de acuerdo y apuntó que no solo el cine, sino que el propio establishment tiende a maquillar la realidad. Así, nos desveló una anécdota de un investigador que buscando material en un archivo sobre los juicios de Nuremberg descubrió un informe de un sargento que indicaba que Glenn Miller no murió en un accidente de avión, como nos han hecho creer, sino en un burdel mientras estaba con una prostituta.

Luis continuó hablando de la novela negra americana, de la que se declaró admirador, muy especialmente de Raymond Chandler. Nos explicó que bajo su punto de vista era heredera de la novela enigma inglesa, pero que al transportarla al otro lado del Atlántico evolucionó hacia los parámetros que todos conocemos. Mientras que en el Reino Unido los personajes eran generales retirados y “ladys” que bebían mucho té, y el detective era una persona muy lista que resolvía crímenes imposibles, en Estados Unidos los personajes pasaron a ser marginales, los crímenes eran menos sofisticados y el detective era un hombre de la calle que se había criado en los mismos barrios que los mafiosos.

Nos habló sobre sus gustos al escribir. Y de que huye, entre otras cosas, de las descripciones sangrientas y de los elementos de casquería, por considerarlos innecesarios en la narración y de mal gusto.

Para terminar la velada, en un hecho nada habitual en los Sábados Negros, se nos ofreció una actuación en directo del grupo Satamatas, un sexteto compuesto por piano, dos saxos altos, guitarra, bajo y batería, que nos ofrecieron varios temas en directo.

Mientras el grupo preparaba sus instrumentos, aproveché para que Luis me firmara mis dos ejemplares. Y después me marché calle Embajadores arriba para salir a Mesón de Paredes y terminar cenando en la literaria y taurina taberna de Antonio Sánchez, que no puede haber sesión literaria sin sesión gastronómica. Y después aproveché la maravillosa noche para pasear por la Plaza Mayor haciendo un alto en el mercado de San Miguel y terminar desembocando en la Puerta del Sol y estar un rato con los indignados, viendo casi con emoción la testarudez de los jóvenes que por fin se han movilizado contra la democracia de los banqueros.

sábado, 21 de mayo de 2011

Presentación de “Llueve sobre la Habana”, de José Luis Muñoz

El pasado martes 17 de mayo, la librería Estudio en Escarlata volvió a albergar al maestro José Luis Muñoz, esta vez para presentar su última novela “Llueve sobre la Habana”. Como siempre que voy a estos saraos me encuentro con alguien, me distraje tomando una caña con mi amigo Armando Rodera y Arantxa, su chica. Ya en persona pude comentarle más despacio que me encantó su manuscrito, un thriller psicológico que ya merecería estar publicado. El caso es que cuando llegué a ese templo de lo negro, la presentación ya había empezado. Me senté en el único hueco que había, en primera fila. Cuando quise darme cuenta de que me había colado entre Luis Mateo Díez y Santos Sanz Villanueva a punto estuve de hacerme muy pequeño en la silla.

En realidad, la jornada acogía una presentación doble. Por un lado, la novela de José Luis Muñoz. Y, por otro, la novela “Erich el zurdo”, de Domingo-Luis Hernández. Fue Domingo quien en calidad de editor de “La Página ediciones”, editorial que ha publicado las dos novelas, nos habló de José Luis y su libro. Puede que el lector que compra una vez al año el premio Planeta no conozca a José Luis Muñoz. Pero los que, de alguna manera, estamos metidos en este mundillo sabemos quién es de sobra: un autor con una trayectoria de publicaciones y premios increíble. Ha publicado con Algaida y Planeta, por citar a dos de las grandes, pero también con editoriales medianas e independientes de nuevo cuño. Así que incidir en su trayectoria sin caer en la redundancia es labor imposible.

El editor alabó las virtudes de “Llueve sobre la Habana”, una novela que transcurre en la capital cubana y en donde proxenetas, chulos y jineteras se alternan y se entremezclan en los capítulos de la misma, cuyo hilo conductor es un asesino en serie que siembra de cadáveres la ciudad, y que será investigado por el inspector Rodríguez Pachón.

El autor fue breve en sus explicaciones. Se limitó a hacernos una sinopsis de la novela y a informarnos de que esta es una precuela de “Último caso del inspector Rodríguez Pachón”. Nos comentó que quizá se está convirtiendo en un escritor de precuelas, pues no es la primera con la que nos obsequia. Sin ir más lejos, “La frontera sur”, con la que José Luis ganara el Premio Internacional de Novela Negra de Carmona y que se publicó el pasado año, también era precuela de “Lluvia de níquel”.

Después tomó la palabra Luis Mateo Díez, que se encargó de valorar positivamente la obra de Domingo-Luis Hernández, “Erich el zurdo”. También nos comentó la trayectoria de Domingo-Luis en las islas afortunadas: profesor en la universidad, ensayista, articulista, animador y creador de eventos literarios, relatista, etc.

En los ruegos y preguntas, una voz se alzó de entre todas para tener una intervención de unos quince minutos. Una voz muy conocida para mí, por cierto, aunque tardé un rato en identificarla. Era mi admirado J.J. Armas Marcelo, culpable entre otras cosas junto a Rafa Reig de que, independientemente de lo que tenga que hacer los sábados, compre el ABC para leer sus artículos en “El cultural”. J.J. Armas, que más que hablar parecía que estaba dictando uno de sus geniales artículos, hizo un recorrido por las actividades de Domingo-Luis Hernández, aunque no todo fueron alabanzas.

Terminado el acto, José Luis Muñoz hubo de entretenerse más de la cuenta en la firma de ejemplares, entre ellos el mío. Tanto lo hizo que cuando salimos fuera todos se habían largado a tomar las cañas de rigor dejando a José Luis en la estacada. Mis amigos Lorenzo Rodríguez, José Luis Muñoz (el fotógrafo y columnista) y yo ofrecimos al autor tomar esa caña, aunque finalmente lo que hicimos fue buscar entre las terrazas de la calle Guzmán el Bueno a aquellos que le habían ofrecido esa caña primero. Y los encontramos. Nos despedimos del autor ya que a los tres nos dio un poco de corte sentarnos con el editor, el académico y los periodistas y nos fuimos a otra terraza aledaña. Aunque en ese mismo momento recibí un eseemeese en el que me hacían un encargo: un ejemplar de “Llueve sobre la Habana” dedicado. Así que hube de volver a la librería, comprar el ejemplar y volver hasta la terraza en la que habíamos dejado a José Luis para que me hiciera la dedicatoria. Y finalmente, pude tomarme esa caña tranquilo con mis amigos en una grata velada en la que nos hartamos a hablar de literatura.

sábado, 14 de mayo de 2011

Antes llovía más. Ahora escribo.

Antes llovía más y hacía más frío. No me hacen falta estadísticas. Tan solo el recuerdo de zapatos embarrados y bufandas de lana hasta los pies. Pero yo salía a la calle, tenía inquietudes. Me encantaba jugar al fútbol, a las chapas, a las bolas, al peón, a los cromos, a los rescates y a tirarnos piedras. Me crié de forma un poco salvaje. Mi barrio estaba lleno de descampados y uno de nuestros deportes favoritos era matar ratas a pedradas o, de forma más sofisticada, con tirachinas o escopeta de perdigones.

En medio de todo aquello estaba la Cátedra. Se me escapa el por qué del nombre y ahora mismo recuerdo que ligado a ese inmueble había hasta un equipo de fútbol, el Catedra F.C. Era una edificación antigua. En torno a un campo de baloncesto de cemento había cuatro alas en plan claustro, solo que con vigas de acero, que albergaban estancias dedicadas a los más variopintos usos. Se daban clases de corte y confección, de música, catequesis..., etc. Y una de las alas era la biblioteca, que más tarde pasó a pertenecer a la red de bibliotecas de la Comunidad de Madrid.

Si llovía, la biblioteca era una buena opción, cualquier cosa menos estar en casa. No te mojabas, era gratis y al menos no estaba uno haciendo el mal por las calles. Por aquel entonces yo era más de tebeos. Me encantaba leer Mortadelos, 13 Rue del Percebe, Carpanta, las hermanas Gilda, Rompetechos, etc. También de aventuras: El Capitán Trueno, El Corsario de hierro, Jabato, etc. Pero ya entonces descubrí una de mis aficiones preferidas, que era curiosear por los estantes de novela e ir viendo portadas y leyendo sinopsis. En esos devenires juveniles descubrí algunas joyas como “El túnel”, de Sábato o “El tercer ojo”, de Lobsang Rampa. Los libros eran viejísimos, de páginas amarillentas y cubiertas semidestruidas. Pero me di cuenta de una cosa: que era más importante el contenido que el continente. Éramos niños pobres, hijos de trabajadores, pero por medio de esa biblioteca en la Cátedra, magnífica idea de no sé quién, teníamos acceso a un buen número de títulos.

Por aquel entonces no tenía yo ni idea de que acabaría siendo escritor. Solamente leía y lo hacía por el mero hecho alucinante de sumergirme en una historia, de hacer un viaje con unos compañeros a los cuales acababa de conocer: los personajes. Por unos paisajes que no eran otros más que los ideados por el novelista de turno para que sus personajes transitaran. Ni siquiera años después, cuando llevaba quizás más novelas leídas de las que se pueden dar cuenta en una vida, tuve la inquietud de escribir. Eso sí, yo me daba cuenta de que como profesor de electrónica hacía unos apuntes para los alumnos muy “narrativos”. Y un día escribí un relato para un concurso de un periódico, y me llamaron. A partir de ahí, cultivé el relato, la poesía y los artículos. Cualquiera que cultive cada uno de estos géneros puede ser llamado escritor, ya que escritor es el que escribe. Ahora bien, el considerarse poeta o novelista, por ejemplo, implica eliminar el término genérico de escritor, ya es más específico y, por tanto, los sustantivos mencionados deben designar a aquel que tenga unas características, es decir, a aquel que domine las técnicas poéticas o novelísticas. Porque frente a la eterna polémica de si escribir es un oficio o una cualidad derivada del talento la respuesta es bien sencilla. Hay que tener ese talento del que tanto hablan muchos, sí. Hay gente que nunca podrá escribir como hay gente que nunca podrá cantar ni en un karaoke. Pero aparte de ese don natural, la escritura es un oficio que requiere una técnica.

Cuando empecé a escribir relatos y poemas, lo hice sin demasiado esfuerzo. Bien es cierto que los primeros eran malísimos. Pero no tardé mucho tiempo en adquirir cierta destreza a base de equivocarme y de leer a los maestros. Lo de la novela es otra historia. Cuando me puse con la primera, a pesar de haber leído cientos de ellas, me di cuenta de que era el trabajo más costoso que pueda acometer un escritor, puesto que hay que poner un andamiaje e ir rellenando las páginas de una forma coherente con tramas, subtramas, personajes, paisajes, etc. Un relato o un poema se puede hacer en minutos. Sin embargo, una novela se puede demorar años hasta que es terminada, con lo que eso conlleva.

Un artículo, sin embargo, es lo más fácil de hacer. Es como hacer una redacción de las que hacíamos en el cole, ordenar tus pensamientos y ponerlos por escrito centrados en el tema del que trate.

Por tanto, escritor es el que escribe, sí. Reseñista, articulista, novelista, poeta o cuentista son acepciones mucho más específicas del término genérico. Y todas ellas requieren una dosis de talento y de técnica. El primero es innato. La segunda solo se consigue a base de esfuerzo y trabajo.

domingo, 8 de mayo de 2011

“Pájaros sin alas”, de José Javier Abasolo

Muchas veces una novela llega a tus manos por casualidad, sin ninguna recomendación. Había visto conferenciar a José Javier Abasolo el año pasado, en la Escuela Julián Besteiro. Y hace unas semanas volví a verle, esta vez en la librería “Traficantes de sueños”. Me dedicó su novela que decidí comprar, a pesar de que no había leído nada del autor ni tenía ninguna referencia. Y no pude haber hecho nada mejor, pues desde que empecé a leerla no he podido dejar de leer. Hacía ya tiempo que no me pasaba esto con ninguna novela.

La trama se desarrolla en Bilbao. El protagonista es Goiko, un ertzantza en excedencia digamos forzosa, ya que fue acusado de pertenecer a una red de pederastia, y que ahora se gana la vida como detective. Goiko es contratado por un personaje importante que se ha quedado viudo y que no cree que la muerte de su mujer haya sido accidental, como todos creen. A pesar de que los detectives en España no pueden investigar delitos que son perseguidos de oficio por la ley, acepta porque el hombre viene avalado por un antiguo compañero del cuerpo que, no obstante, tiene que convencer a Goiko para se haga cargo del caso. A partir de aquí y, narrados en primera persona, los capítulos van avanzando a buen ritmo dejando al lector con las ganas de saber lo que va a ocurrir en el siguiente. De vez en cuando, como cuñas, entre varios capítulos se van insertando otros, estos narrados en segunda persona, y nos dan cuenta de los movimientos y la vida de un asesino profesional que tiene que ver con la trama principal. Goiko y el asesino tendrán un encuentro al final de la novela.

El detective, que al principio no tiene nada, va avanzando en la investigación dando palos de ciego, pero es el primero en convencerse de que efectivamente la mujer ha sido asesinada. Una vez metido en el caso, llega a obsesionarle, y no lo abandonará ni siquiera cuando el viudo le pide que lo haga. Y al final no solo descubrirá a los asesinos sino toda una trama de corrupción que tiene que ver con la trampa de pederastia que le tendieron a él mismo y controlada por hombres importantes de Bilbao. En medio de esta investigación, Goiko se ve asediado por un juez estrella, el mismo que le juzgó por el falso delito y que está convencido de que el ex policía es culpable. Tal es su obsesión que incluso llega a encarcelarle acusándole de haber asesinado a la que todavía era su mujer, aunque llevaban tiempo separados. Y a la vez, encontrará su mayor apoyo en Arturo Apodaka, un viejo notario jubilado y amigo íntimo del detective.

En definitiva, una novela trepidante de un autor que no es muy conocido, pero que demuestra una maestría y un oficio fuera de lo común.

Obra publicadas: Lejos de aquel instante (1997, Premio de Novela Prensa Canaria 1996 y finalista del Premio Hammett 1997, traducido al francés), Nadie es inocente (1998, traducido al francés e italiano), Una investigación ficticia (2000), Hollywood-Bilbao (2004), El color de los muertos (2005), Antes de que todo se derrumbe (2006, Premio García Pavón 2005), El aniversario de la independencia (2006), Heridas permanentes (2007) y Pájaros sin alas (2010).

viernes, 22 de abril de 2011

De los antecedentes de plumillas y juntaletras

Recuerdo una entrevista que le hicieron a un escritor de cuyo nombre no quiero acordarme. Es muy mediático, vende y tiene prestigio. Desde mi punto de vista, sus novelas son una basura. El escritor, cuya vanidad flotaba por el plató de televisión y de espesa se podía cortar con un cuchillo, describía su niñez en la República. Sus padres eran cultos cultísimos, por tanto se crió entre los anaqueles de los numerosos muebles (de maderas nobles, se entiende) que albergaban miles de libros en su casa céntrica de Madrid, escuchando, ya desde su más tierna infancia a Bach, a Beethoven y a Vivaldi. El susodicho decía que, criado en ese ambiente, estaba llamado a cumplir un destino inevitable: el de ser escritor. En ese momento comprendí que, a pesar de ser yo un crío que hacía mis pinitos en la lectura, jamás llegaría a escribir nada digno, cómo iba a ser posible siendo mi niñez tan distinta a la del literato.

Por aquel entonces, yo comía judías y lentejas. Mis padres eran buenísimas personas, pero claro, él era soldador y mi madre ama de casa. Lo que sonaba en mi humilde hogar, no era Wagner, sino Juanito Valderrama y Antonio Molina, de los que mi viejo era gran admirador. Si se me rompía un pantalón, pues me ponían un parche. Mis padres no asistían a cocktails sino al bar Joavic a tomar cañas y en casa se bebía vino a granel con casera. En mi barrio no había ni farolas ni calles, sino oscuridad y barro o polvo, dependiendo de la estación. Yo no tenía chófer ni criadas. Cuando queríamos salir del barrio cogíamos la P-9, que nos dejaba en Ciudad Lineal y de ahí al Metro. Tampoco fui a colegio de pago. Las que me enseñaron Geografía y Matemáticas fueron doña Carmen, la señorita Mari Carmen y la señorita María Jesús.

Total, que en mi mente infantil me hice una reflexión: la de que con semejante bagaje yo no ejercería jamás uno de los nobles oficios como el de escritor. Es más. El nota hablaba de “los clásicos”, un concepto que yo no entendí muy bien entonces, ya que citó nombres como Virgilio y Homero, que a mí me parecieron más nombres de pueblo que nombres propios de gente a los que hubiese que admirar. No, definitivamente, yo no estaba llamado a protagonizar ni siquiera una anécdota en ese exigente y glorioso mundo de las Letras.

Es más. Cuando estaba terminando 8º de EGB llegaba el momento de elegir. Optar por BUP, FP o entrar de aprendiz en algún taller. Yo nunca he sido listo para la vida pero sí lo era para estudiar. Mis profesoras recomendaron encarecidamente a mis padres que me llevaran al instituto para realizar estudios de BUP. Pero yo veía que el BUP estaba claramente orientado a realizar en un futuro estudios universitarios. Y yo, en mi entorno familiar y vecinal, no conocía a nadie que hubiera hecho una carrera. Por tanto, la cosa me sonaba a ciencia ficción. Así que decidí hacer FP para aprender un oficio y porque eran unos estudios que no te cerraban las puertas de la Universidad, por si en un futuro me daba la ventolera y hacía una carrera. Escogí electrónica porque me gustaban las bombillas, tal era mi pésimo criterio entonces, que no ha variado mucho con el tiempo. Así que eso hice. Como no era tonto, fui aprobando, pero cómo echaba de menos el no estudiar en profundidad Literatura, Historia, etc, que era lo que verdaderamente me gustaba. No acabé la FP porque entonces estaba yo más preocupado por otras cosas, como por ejemplo ir a conciertos o emborracharme con los colegas, pero esa es otra historia. El caso es que años más tarde terminé FP y me saqué la ingeniería mientras trabajaba, lo cual, creo que no ha influido mucho en mi vocación de escribir, pero ahí queda.

No tuve tiempo de leer ni a Virgilio, ni a Homero ni al padre de Domingo Ortega. Mis emolumentos dependían de la modesta paga que mi madre me entregaba religiosamente cada domingo y que daba para comprar flashs, algunas canicas y tebeos de segunda mano del Jabato, el Capitán Trueno y el Corsario de Hierro, sin olvidar los Clásicos Juveniles de Bruguera y las novelas de Estefanía. Eso sí, me hice socio de la biblioteca del barrio y transité entre anaqueles que no eran de maderas nobles sino de aluminio gris, cuyas baldas estaban unidas con tornillos oxidados de los altos hornos de Bilbao. Y me leí todo, si bien los libros no olían a imprenta, sino a un aroma rancio que supongo era una mezcla de humedad y sudor de manos que antes habían pasado todas esas páginas. A algunos les faltaban hojas y otros alojaban dibujos semejantes a los que habitan los urinarios. Pero enseguida vi que más importante que el envoltorio era el contenido.

Sorprendentemente ahora escribo y sigo leyendo como un jodido poseso, eso sí, elijo; porque, de forma increíble y aun con mis antecedentes, poseo un criterio. Eso sí, ninguno del nota al que aludía al principio. Porque aun con sus referencias que para mí hubiera querido y con perdón, sus novelas son una mierda.

domingo, 17 de abril de 2011

Mi barrio no es ninguna pradera

Ayer estuve dando un paseo por mi barrio. Compré el ABC por el suplemento cultural y pasé un buen rato, ya que la columna de Reig y la de J.J. Armas han terminado por instalarse en la cotidianeidad de las matinales de mis sábados. Además, ayer venía un reportaje sobre un escritor totalmente desconocido para mí. No sé si les pasa a los demás, pero a mí, como escritor, me encanta saber de la vida y obras de otros escritores. El desconocido hasta ayer, poeta y novelista imposible, era Aliocha Coll. Un tipo nacido en Madrid, criado en Barcelona, casado con una francesa de origen chino y residente en París, dedicado únicamente a escribir, ya que gozaba del privilegio de vivir de las rentas. Nacido en el 48 y muerto por suicidio tras escribir Atila, la que fue su última novela. Un escritor maldito, cuyas pocas obras conocidas han sido depositadas en el Cervantes por Carmen Balcells.

Así de literaria comenzó la mañana, como cada sábado. Y con esta resaca de Literatura, dirigí mis pasos hacia la zona donde termina Canillejas, atravesando el barrio de punta a punta. Fijándome en lo que ha cambiado y en lo que no, aunque lo primero gana por goleada.

Aún recuerdo cuando mis padres compraron el piso y me trajeron a vivir aquí, en la intersección de San Blas con Canillejas. Yo era un crío que todavía no había cumplido los cuatro años, aunque ya entonces barrunté el cambio de paisaje urbano. Hasta entonces, mis padres habían regentado una portería en la calle Hortaleza, muy cerca de la Gran Vía. Pasar de ahí a un barrio que constaba de cuatro bloques y descampados por todas partes fue un cambio considerable. Las aceras y las calzadas estaban por hacer y las farolas eran un artículo de lujo. Si llovía, subías a casa embarrado. Y por las noches, el barrio se convertía en la boca del lobo. A unos cuatrocientos metros de mi casa había un poblado, de los denominados “U.V.A.”. Era grande y estaba poblado por gentes distintas a los que vivíamos en los pisos. En este en concreto, vivían gitanos y payos, estos últimos todos muy rubios a los que todos conocíamos como “los vikingos”. Yo no lo recuerdo muy bien, pero mi padre, años más tarde de la extinción del poblado, me aseguró haber visto a las mujeres con el puñal en la liga.

Eran gente de la calle, con sus propios códigos y sus reglas propias. Y tiraban de navaja a las primeras de cambio. Los jóvenes se agrupaban en bandas que sembraban el terror entre los vecinos, bandas que contaban con otras rivales asentadas en otros barrios y cuyas trifulcas llegaban a llenar titulares de periódicos. La heroína acabó con ellas ya que el caballo no admite conciencia de grupo.

Así transcurrió mi infancia, en un barrio de delincuencia, trigales, descampados y miserias, hasta desembocar en la adolescencia. “Mi barrio no es ninguna pradera”, reza la canción de Sabina; el mío tampoco lo fue, perdido en mitad de la nada. Una nada que contaba hasta con cuartelillo de la Guardia Civil, saturado en una ciudad sin ley en donde la delincuencia juvenil campaba a sus anchas entre descampados y obras. Momentos buenos los hubo, sin duda, sobre todo los relacionados con partidos de fútbol y las gélidas tardes en las que me acercaba a la papelería para ver las portadas del Jabato, el Capitán Trueno o el Corsario de Hierro, leídos todos ellos sentado en la alfombra al abrigo de una estufa de butano y con los compases de la música de Elena Francis flotando por el diminuto salón de mi casa. Pero también hubo peleas y robos a punta de navaja, hasta que me di cuenta de que los delincuentes eran tipos como yo y me prometí que ninguno de ellos volvería a amedrentarme por mucha automática que me sacasen, adaptarse o morir, o no bajar a la calle, opción que tomaron tantos y tantos niños. Pero no yo, porque finalmente me pudo más la curiosidad que el miedo. Eso no significaba que no me acojonara cada vez que el Quilino o el Guille, o el Pirri (que llegó a hacer películas hasta que las palmó de sobredosis) o el Kung Fu (que traía mártires a la Policía por los robos de coches hasta que lo ametrallaron en el Puente de San Fernando para morir posteriormente en un penal de Cádiz) campaban a sus anchas por mi manzana, porque en verdad eran tipos duros que acojonaban y bastante. Pero aun así, decidí que la calle también era mía.

El Pirri

La heroína acabó con la mayoría de ellos y también con gran cantidad de mis amigos. Ayer paseaba por esas calles con respeto hacia su memoria. Preguntándome que por qué unos sí y otros no, rememorando la noche anterior en la que estuve tomando unas cañas con el Javi, un amigo. Un amigo que se metió tanto en la heroína que durante años ni me saludaba por la calle porque no me reconocía. Finalmente logró desengancharse y ahora bebe como si se fuera a morir mañana, un mal menor pensando en el infierno particular en el que estuvo.

El paseo me llevó hasta el cementerio, un recinto rectangular y estrecho en el que ya no se entierra a nadie, pero que pervive obstinado en medio de la modernidad. Recuerdo que en mi juventud, anejo al cementerio se encontraba el campo de fútbol del Destino F.C., protagonista de las mañanas de los domingos en las que los niños íbamos a ver los partidos. Hoy ya no existe, como tantas otras cosas que han desaparecido. Después de observar las lápidas y los panteones, atravesé el parque en la que se alza la estatua a José Cubero “Yiyo”, protagonista del cartel de Pozoblanco. El “Yiyo” era de Canillejas y perteneció a la escuela taurina de Madrid, situada en la Casa de Campo. Dio tardes gloriosas de toreo hasta que el toro Burlero acabó con él en la plaza de Colmenar.

El Yiyo

De regreso a casa por calles que antes fueron descampados, reflexioné una vez más sobre el cambio que ha experimentado el barrio. “Mi barrio no es ninguna pradera”, es más, ni siquiera es bonito. Pero la modernidad y el bienestar se impusieron sobre la miseria y el hambre y hoy es un barrio tranquilo y agradable. Un sitio al que siempre vuelvo y volveré porque mi infancia, mi adolescencia, mi juventud y mi madurez, están impregnadas en cada pared. Antes de subir a casa pasé por la puerta del que fue mi colegio, el Monte Carmelo. Hoy día es una frutería, pero yo sigo viendo mi colegio. Un colegio plasmado en la letra de “Días de escuela”, de Asfalto. Pero era mi colego. Y estaba en mi barrio.

domingo, 10 de abril de 2011

Presentación de “Violetas para Olivia”, de Julia Montejo

Me presentaron a Julia Montejo en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Coincidimos en la presentación del libro sobre la Guardia Civil de Lorenzo Silva. Conversamos y vimos que teníamos en común que a ambos nos había contratado una novela la editorial Martínez Roca. El pasado jueves, Julia presentó esa novela en el Casino de Madrid, en la calle Alcalá, a tiro de piedra de la Puerta del Sol. El inconveniente fue que había que ponerse chaqueta y corbata en una tarde calurosa como pocas.

Cuando llegué saludé a la autora, que no paraba de recibir felicitaciones, y le apunté lo apropiado del marco incomparable del Casino para presentar la novela ya que el edificio merece la pena, arquitectónicamente hablando. Ella me dijo que no podía perderme la biblioteca gótica, dato que apunté para mejor ocasión como para mejor ocasión dejé el conversar con ella, muy ocupada en el que lógicamente era su día.

Entré al Salón del Príncipe con la novela bajo el brazo y tuve tiempo de situarme delante. En pocos minutos el salón estaba lleno, con gente de pie, incluso.

Abrió el acto don Mariano Turiel de Castro, presidente de la institución, un hombre cuya senectud, lejos de ser un inconveniente, da la impresión de que le otorga una sabiduría, una templanza y un saber estar que para sí querrían muchos jóvenes. Comenzó haciendo una semblanza de la institución y dando la bienvenida a todos. Se mostró orgulloso de que Julia, como socia, hubiera elegido el Casino para presentar su novela, a la que vaticinó un gran éxito dada la talla de la autora. Obvió leer el currículum vitae de Jorge Verstrynge, ya que a nadie se le escapa la trayectoria de este profesor universitario conocido además por sus muchas otras facetas. Jorge tomó la palabra y ejerció de presentador del evento ofreciéndonos unas pinceladas certeras de la autora y de la obra. Independientemente de ideologías o filiaciones políticas, a Jorge Verstrynge le pasa lo que a Joaquín Leguina, que da gusto escucharles hablar, porque poseen la categoría de la que adolecen nuestros actuales políticos. Pero ya se sabe que al que despunta un poco y es un intelectual, lo defenestran de inmediato de la escena política.

A continuación habló Carmen Fernández de Blas, a quien le gustó la novela de inmediato nada más leerla. No conocía a Julia y la citó para hablar con ella convenciéndose aún más de que debía publicar esa novela. Lo que no es extraño, pues Julia es de esas personas que gana mucho con su presencia. Además, como la editorial tiene la representación de los derechos internacionales, Carmen anunció en directo que habían mandado el manuscrito a diversos países y que ese mismo día Mondadori había adquirido los derechos para Italia.

Entre que el auditorio estaba lleno y el impacto de la noticia, Julia empezó a hablar de forma entrecortada. Y cuando agradeció a su marido el apoyo en su labor como escritora, no pudo más y se emocionó. Los que estábamos allí no pudimos por más que dar un aplauso a esta mujer que luchaba por aguantar el tipo entre un cúmulo de sensaciones muy intensas. Nos habló de “Violetas para Olivia” y agradeció la presencia de todos. Pero lo mejor es que la leáis, no os va a defraudar.

Como me imaginaba que la cola iba a ser larguísima me situé en la misma rápidamente y tuve el honor de ser el primero en recibir la dedicatoria. Julia estaba de pie hecha un manojo de emociones, con el pulso poco firme, como es lógico. Le dije que se sentara y que se tranquilizara, porque aún le quedaba un buen rato por allí en vista de toda la gente que esperaba la dedicatoria. Le pregunté que si sabía lo de Mondadori y me dijo que no, que era la primera noticia, cosa que ya me imaginaba yo por la cara que puso cuando lo anunció Carmen. Sin más, le deseé suerte y me marché todo encorbatado a tomar unas bravas y una cerveza en Sol, pues la noche era espléndida. Y con la alegría propia de ver cómo a una compañera le había salido tan bien su presentación.

Julia Montejo (Pamplona) es periodista por la Universidad de Navarra y máster de Guión, Producción y Dirección cinematográfica por la Universidad de California-Los Angeles (UCLA). En Estados Unidos ha sido guionista y analista en el cine y la televisión. Escribió y dirigió la película No Turning Back (Sin retorno), que cosechó más de 20 premios internacionales, entre ellos el premio ALMA (la versión latina de los Oscar) a la mejor película latina independiente.

En los últimos años ha compaginado la actividad docente en la universidad con su trabajo como guionista en distintas series de televisión. Siete vidas, Motivos personales, Cuestión de sexo o Gavilanes son algunas de ellas.

Con su primera novela, Eva desnuda, resultó finalista del Premio Ciudad de Torrevieja 2005. La novela fue publicada en 2006.

Recientemente los estudios norteamericanos Twentieth Century Fox han adquirido los derechos de uno de sus guiones para producirlo internacionalmente.

viernes, 8 de abril de 2011

Morente, la película

Cuando llegué a la sala Berlanga todo en el ambiente era primavera. Allí estaba mi amiga Silvia Pérez Trejo, en la puerta del cine, tan guapa como siempre. Todo lo que produce alcanza el éxito, señal de que tiene un especial olfato para esto. No hace mucho, también produjo “Temple flamenco”, espectáculo de baile, cante y toque que vi dos veces, y que poblaba de magia el teatro Arlequín todas las noches. El pase al que tuve el gusto de acudir era para los amigos, entre los que tengo el honor de contarme. Después de que Silvia me presentara a Emilio R. Barrachina, el director, y de conversar con otros amigos que estaban por allí, me enfrenté a la pantalla. Y decir que la película se me pasó en un santiamén.

Morente es una película documental, un musical. Pero también es un trabajo biográfico alrededor de la vida del tristemente ya fallecido cantaor. Comienza con algunas efemérides importantes, pasando por la Guerra Civil, la Transición y otros momentos históricos de España. Momentos que tienen que ver con otro genio, Picasso, y su barbero, todavía vivo y que aparece un par de veces en la película. La historia del pintor y el barbero es conmovedora. Picasso, en su exilio francés, al enterarse de que hay un barbero español lo pone a trabajar con él, fraguándose una amistad que duraría hasta la muerte del genio. Eugenio Arias, el barbero, es natural de Buitrago del Lozoya, un precioso pueblo de la Comunidad de Madrid que alberga un museo Picasso, precisamente con las obras que el pintor le legó. Y ¿por qué Picasso? Pues sencillamente porque Morente admiraba al genio y se le nota obsesionado con su obra cumbre: El Guernica. Uno de los momentos más sobrecogedores de la película es cuando el cantaor, frente al cuadro, le obsequia con un grito prolongado y desgarrador que te pone los pelos de punta sabiendo lo que el cuadro significa: el genocidio ocurrido en la Guerra Civil en el pueblo vasco, perpetrado por la aviación nazi con la complicidad del mal llamado bando nacional. Y también porque, como todos los artistas que se convierten en genios, Picasso no sólo pintaba, sino que también escribía. Y el maestro Enrique Morente convirtió en canciones varias de sus poesías.

La película nos muestra la personalidad del cantaor paseando por el Albaicín en compañía de sus hijos y amigos, recordando anécdotas de cuando era sólo un niño. Aparece como una persona afable, buena y respetuosa con todo el mundo, características que al parecer eran reconocidas por todo su entorno. Pero también nos muestra momentos estelares del maestro, como por ejemplo, fragmentos de su actuación en el Liceo de Barcelona, concierto tildado de espectacular por quienes tuvieron el privilegio de acudir a verlo en directo. Como espectacular debió ser el concierto que dio en el castillo de Buitrago del Lozoya, recogido también en esbozos a lo largo de la película. Especialmente emotivos son los fotogramas que nos muestran a Morente interpretando la canción de otro genio, Antonio Vega, también tristemente fallecido. Me refiero a “El ángel caído”, acompañado por el pianista argentino de jazz Federico Lechner.

El director, en colaboración con el propio Morente, implicado en la producción artística, monta una película en la que se alternan conversaciones, monólogos y silencios que producen en el espectador un cúmulo de sensaciones inolvidables, parecidas a las que produce leer un poema. Uno está atento a lo que ocurre en pantalla, al menos por el lado racional, pero hay un torrente de sensaciones que penetran inexorablemente por el subconsciente, produciendo estremecimientos continuos. Personalmente salí del cine sobrecogido por esa concatenación de sensaciones, y también enriquecido debido a esas otras informaciones que desconocía sobre la vida del cantaor. Había escuchado cantar a su hija Estrella, cómo no, pero también descubrí que su hija Soleá canta igual de bien, y que su hijo José Enrique es un artista del toque y el cante.

En definitiva, una película que debéis ver, independientemente de que el flamenco os guste o no, si os consideráis mínimamente sensibles ante las obras de arte. Ayer, jueves ocho de abril, fue presentada ante la prensa en un marco incomparable: El Reina Sofía. Y ha cosechado críticas muy favorables. Ya había sido presentada en Málaga con idéntico resultado. Y ha sido seleccionada para Cannes.

Así que haceros con la cartelera de vuestra ciudad y pasad un rato inolvidable.


martes, 29 de marzo de 2011

El panorama editorial

El mundo editorial está revuelto, no se sabe muy bien hacia dónde camina. Son varios los factores que intervienen en este panorama de dudas. Por un lado la situación internacional, que ha afectado de lleno a un sector que ya estaba en crisis antes de la crisis. El resultado ha sido que muchos escritores noveles que tenían contratos y adelantos económicos con una de las grandes han visto esos contratos rescindidos y sus ilusiones hechas añicos. Las agencias literarias no aceptan más escritores que no hayan publicado y, en muchos casos, no quieren evaluar ningún manuscrito más. Esto ha hecho que todos estos escritores hayan tenido que optar por la auto publicación o por probar suerte en editoriales pequeñas, llegando a publicar algunos, aunque con la escasa repercusión que proporciona una distribución precaria y una tirada pequeña.

Por otro lado, escritores que ya tenían publicadas dos o tres obras y que en cualquier otra época quizás ya estarían medianamente consagrados han visto truncadas sus ilusiones al respecto de poder vivir de esto. Y su refugio natural actualmente son los premios literarios de menor cuantía, que deberían estar reservados para los noveles. Hablo de los premios de entre 20000 y 30000 euros, que hasta ahora ganaban autores desconocidos, y que ahora están reservados a estos escritores más expertos. Buena opción para ellos, ya que al menos, consiguen que su obra sea revestida con un galardón literario y además, ven su obra publicada con alguna de las editoriales importantes que patrocinan estos certámenes como Algaida. Buena fórmula, como digo, a falta de continuidad en sus propias editoriales, pues es una forma de que “no se les borre el nombre”.

También está lo del libro electrónico, que estoy seguro de que se acabará imponiendo ante el papel impreso. Pero a día de hoy, solo ha nacido y se encuentra en pañales. No se sabe muy bien hacia dónde camina, hay gran variedad de formatos y luego está lo del pirateo.

Las grandes editoriales apuestan o bien por escritores ya consagrados, o bien por escritores noveles que ya tienen un nombre y son famosos por aspectos muy distintos a los literarios. Buenos ejemplos son los libros escritos por los “famosos”. Y famosos o consagrados no son siempre sinónimos de calidad, ni mucho menos. Pero venden y eso es lo que cuenta. En muchos casos, incluso se venden bajo la etiqueta de novela, por ser el formato que más vende, libros que no son más que reflexiones o incluso paranoias de un autor, a veces bien escritas, sí, otras, sin embargo, redactadas pésimamente.

Son muchos los amigos y colegas que últimamente me han dicho que lo van a dejar, tal es el panorama. Pero pienso que lo peor que puede hacer uno es creerse escritor y pecar de vanidoso, porque de esta forma los palos van a ser mayores. Creo que lo mejor que puede hacer un escritor novel o uno más experto pero no consagrado es tener un trabajo del que vivir. Y seguir escribiendo como una afición, eso sí, haciéndolo con toda la pasión de la que sea capaz de poner en sus escritos. Y si tiene que llegar algo, ya llegará. Cualquier otra forma de tomarse esto es amargarse. Y bastantes palos nos da ya la vida en nuestros quehaceres cotidianos.

Colegas: Que Dios (o lo que sea que haya por ahí) reparta suerte.

jueves, 17 de marzo de 2011

Dos cosas ligadas pero distintas: el escritor y su obra

Una de las cosas que más me llama la atención es leer las críticas de las obras literarias. Generalmente, los críticos suelen dar una somera descripción del argumento, hacen un análisis de los personajes y de los escenarios y hablan de tramas, de subtramas, de nudos, de desenlaces..., en definitiva, aplican todos sus conocimientos técnicos a la hora de valorar una obra. Esto está bien. Tanto en los medios escritos como en los digitales hay críticas excelentes, hechas con rigor y con profesionalidad.

Lo que ya no me parece tan bien son las críticas destructivas. He leído algunas en las que incluso se llega a insultar al escritor, algo incomprensible, pero que ocurre. Otra de las cosas que me llama la atención son los críticos-psicólogos, es decir, los que asocian la trama de una novela o un poemario a la personalidad del que lo ha escrito. Me resultan curiosas frases del tipo: “En la trama se ve el periodo tormentoso por el que está pasando el autor...”; “...evidentemente, el poeta refleja en el poema un estado de ánimo efusivo...”. O “..el autor presenta rasgos psicopáticos que se desprenden del análisis de la trama...”.

Puede que haya escritores que escriben para desahogarse y vuelquen sus estados de ánimo y los rasgos de su personalidad en lo que están escribiendo. Pero generalizar es un error. Escribir es un oficio, como otro cualquiera, aunque de los más bonitos que existen, al menos para mí. Cuando escribo, mi mente se instala en otro plano, cada vez en uno, en función de lo que esté escribiendo. Puedo escribir un poema de amor, surrealista, social o negro, de los del tipo Poe. Lo que no significa ni que sea un alcohólico o un romántico empedernido. Cuando estoy con una novela puedo darle tintes exotéricos o fantásticos; o plantear la trama de una novela negra, en cuyo caso, me pongo tanto en la piel del investigador o del asesino, lo que no implica que yo sea ninguna de las dos cosas. Simplemente estoy creando, contando una historia de ficción que yo invento.

¿Qué escritor no se ha quedado pasmado cuando ha leído alguna crítica que refleja cosas que nunca él ha imaginado y que sin embargo el crítico ha interpretado por su cuenta? Creo que son muchísimos. Aunque esto también forma parte de la magia de la escritura, ya que el escritor crea. Pero desde el momento en que sus novelas o sus poemarios habitan los anaqueles de las librerías y están a disposición de los lectores, las obras dejan de pertenecerle y adquieren vida propia. Pero insisto, es un error identificar al escritor con un personaje. O tratar de ver el estado de ánimo de un autor a través de sus obras. Escribir es un oficio, precioso, pero es solo eso. Como cualquier otra ocupación, dispone de sus pautas y sus protocolos. Y el que es profesional, remunerado o no, las cumple lo mejor que puede y sabe, nada más. Y nada menos.

martes, 15 de marzo de 2011

Reflexiones desde este modesto blog

Hace unos días me acerqué al cine para ver la última película del maestro Eastwood, tan positiva y negativamente criticada. A mí me gustó, pero no voy a eso. Voy a que los primeros fotogramas nos muestra un tsunami espectacular y sus nefastas consecuencias. En aquel momento reflexioné sobre los últimos desastres naturales acontecidos a lo largo del globo que han tenido que ver con un tsunami. Todavía con esos fotogramas incrustados en mi mente, ahora asistimos al desastre de Japón para que, una vez más, se vuelva a poner de manifiesto que la realidad supera a la ficción.

Desde que de crío me explicaron lo que era esto, sobre todo en las clases de naturales cuando dábamos el sistema solar, vi que la vida era muy extraña. Comprendí tan de niño, que éramos los habitantes de una gigantesca bola que da vueltas sin sentido alrededor de otro pedazo de bola que además arde en continuas explosiones nucleares: el sol. Intuí que éramos una minucia como especie y aún más como individuos. Por tanto, entendí que los hombres hayan buscado algo más a lo largo de la Historia en las religiones o en la Filosofía. Somos extraños de entre todas las criaturas que pueblan el planeta: seres racionales conscientes de sí mismos que saben que solo existe una verdad absoluta. Y esa verdad es que vamos a morir.

Lo de Japón hace reflexionar a cualquiera y me hace pensar que hay que disfrutar cada día como si fuera el último. Porque hoy estamos, pero mañana puede que no. Así que, ante tal magnitud en esta catástrofe, ante tanto dolor, ante tantas pérdidas materiales, ante la barbaridad de esos 10000 muertos que nos ofrecen los telediarios a todas horas..., no puedo hacer otra cosa que seguir pensando como cuando era un niño: que esto es muy raro y que la existencia, seguro que tiene un sentido, pero yo no lo veo.

Si no era poca la catástrofe con el terremoto, esta pobre gente ha tenido que soportar un tsunami y la explosión de una central nuclear cuyas consecuencias están por ver. Y eso si no explota alguna otra. Primero Hiroshima y Nagasaki y ahora esto, vaya tela. Eso sí, esta gente tienen algo especial. Fueron masacrados en la segunda gran guerra y ahí están de tercera potencia mundial. Las pérdidas son irreparables, pero estoy seguro de que, como pueblo, volverán a levantarse. Son de otra pasta.

Los incidentes en las centrales nucleares han reabierto el debate sobre las mismas en todo el mundo y ahora la gente se peleará entre consignas de “nucleares sí”-“nucleares no”. Los del sí, seguramente desconociendo la problemática de los residuos y el riesgo de escapes. Y otra cosa que yo me pregunto, porque lo de la catástrofe natural ya lo hemos visto, pero... ¿qué pasaría si hay una guerra y algún “zumbao” de estos políticos que tenemos dirigiera sus misiles hacia las centrales? Porque podría pasar, ¿no?

Bien, pues los del sí, seguro que tienen calefacciones, aires acondicionados y gastan más energía de la que necesitarían. Y muchos de ellos seguro que apuestan por las energías alternativas, desconociendo que a día de hoy las fuentes de energía eólica o solar no cubren las necesidades del planeta ni de coña. En fin, que si demagogos son los unos, no lo son menos los otros.

Yo, por si acaso, voy a tratar de pasar el resto del día lo mejor que pueda. Eso sí, cabreado, porque no entiendo que un jodido tsunami tenga que matar a tanta gente así porque sí.

martes, 8 de marzo de 2011

En un rincón del alma, de Antonia J. Corrales

“En un rincón del alma” es el título de la última novela de Antonia J. Corrales, una escritora como una casa. La editorial Aladena ha sido la encargada de dar a luz a esta novela, más que intimista, íntima, muy íntima.

Está estructurada en capítulos muy cortos que contienen “esencias” literarias, narradas en una prosa muy fina y elegante con las que nos queda una sensación de haber estado leyendo Poesía en cada uno de ellos, a pesar de que es un libro en prosa que no contiene versos, excepto una estrofa de una canción de Alberto Cortez titulada precisamente “En un rincón del alma”:

Con las cosas más bellas

guardaré tu recuerdo,

que el tiempo no logró,

sacarlo de mi alma,

lo guardaré hasta el día,

en que me vaya yo.

Después de leer la letra entera de la canción, o mejor dicho, de leer el poema, y de escucharla verbalizada en la melancólica voz del autor, me temo que la novela y el poema están relacionados, porque expresa perfectamente la angustia de Jimena, la protagonista, a lo largo de todo el libro.

La novela comienza con la huida de Jimena de su hogar. A partir de ahí, capítulo tras capítulo, la propia protagonista nos va narrando sus sensaciones ante la vida desde que era una niña. Lo hace en primera persona escribiendo un diario que está lleno de saltos al pasado en el que nos va describiendo los momentos más importantes de su vida. Un diario que, más bien, es una colección de cartas por capítulos dirigidas a su madre, con la que le hubiese gustado tener una relación más especial. Una relación que se vio difuminada por unos tiempos económicamente difíciles de una familia numerosa trabajadora.

Jimena necesita explicarse, y necesita hacerlo ante su madre, solo ante ella. Siente que tiene que explicarle episodios de su niñez, de su adolescencia y de su etapa madura, alternados con la bitácora del presente: un viaje a Egipto que constituye una huida de su realidad cotidiana que no solo no la llena, sino que la asfixia.

“En un rincón del alma” habla del destino, de los destinos de las personas, de los que se cumplen y de los que no se cumplen. Es un diario íntimo de una mujer con inquietudes que por circunstancias de la vida, acaba encerrada con sus dos hijos en un chalé de lujo de una urbanización que haría las delicias de cualquier mujer vacía y con un marido triunfador a nivel profesional, pero al que nunca ve debido a los viajes y a las reuniones. Y que cuando aparece por casa, ni siquiera tiene la decencia de intentar borrar el aroma a perfume de otras mujeres de sus corbatas.

Jimena viaja hacia Egipto para cumplir su destino o para incumplirlo, para vivir y respirar un aire que la haga sentirse viva, para calmar sus inquietudes que, por otra parte, son sencillas aunque incomprensibles para la mayoría de los mortales. La novela tiene 182 páginas y se lee del tirón sin poder parar en un estado hipnótico que es mérito de la autora. Escrito en un lenguaje sencillo y pulcro, los capítulos destilan sensibilidad a borbotones por todas sus páginas hasta dirigirse a la explosión final del desenlace, en el que tienen que ver todo el repertorio de personajes secundarios que, sin embargo, no han sido tan secundarios para la protagonista, ya que todos y cada uno de ellos han aportado su granito de arena para que Jimena acabe huyendo.

Podría seguir hablando, pero solo voy a decir dos cosas:

-Leyendo la novela me he sentido mujer.

-Al término de la misma me he echado a llorar, y eso que estaba en una cafetería antes de entrar a trabajar.

Enhorabuena, Antonia, escritora.

Blog de la autora: http://antoniajcorrales.blogspot.com/