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Al otro lado

Al otro lado
"Al otro lado", de Paco Gómez Escribano. Editorial Ledoria. I.S.B.N.: 978-84-15352-66-2.
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Presentaciones:

Sábado, 27 de abril a las 12 h. en la Feria del libro de Granada, en el Centro de Exposiciones de CajaGRANADA Puerta Real. Me acompañará en la presentación el compañero de Granada Jesús Lens. Y a las 13 horas firma de ejemplares en la Caseta de Firmas.

Sábado, 20 de abril, de 11 a 13 h. y de 17 a 20 h. en la Feria del Libro de Fuente el saz de Jarama.

Sábado, 26 de enero a las 20 h. en el Museo Municipal de Alcázar de San Juan. Me acompañará en la presentación el compañero de Ciudad Real José Ramón Gómez Cabezas, autor de "Réquiem por la bailarina de una caja de música", de la Editorial Ledoria.

Martes, 23 de octubre a las 19.30 h. en la librería Estudio en Escarlata (Guzmán el Bueno 46, Madrid). Si no puedes acudir y queréis un ejemplar firmado, ponte en contacto con ellos y pídeselo (91 543 0534). Te lo enviarán por correo.

Miércoles, 24 de octubre a las 18 h. en Getafe Negro (Carpa de la Feria del Libro). A las 20 h. participaré en una mesa redonda con otros compañeros de la Editorial Ledoria titulada "En los arrabales de la Novela Negra.
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miércoles, 17 de abril de 2013

Un jodido fiordo noruego



Desde mi ventana, el barrio presentaba ese jodido paisaje gris de todos los días. Podía ver a los chavales jugar al fútbol en el descampado. Otros estaban sentados en los terraplenes, fumando y con cara de malas ideas. Yo había jugado a sustituir la resaca esnifando de un bote de pegamento como si me fuera la vida en ello. Cuando terminé, el mismo paisaje gris me pareció un jodido fiordo noruego, y eso que jamás había visto uno.
Cuando se me pasó el pedo, bajé a la calle. En la puerta de la bodega me encontré con el Botas y el Chino, dos colegas de toda la vida. Decir “de toda la vida” en este caso suena a extravagancia pensando que solo teníamos dieciséis años, pero es una forma de hablar, ya me entienden. Compré un litro de cerveza y ellos se hicieron un porro.
-¿Cómo lo llevas, Lucky? -dijo el Botas.
-De puta pena, tronco. ¿Nos hacemos unas cabinas?
-Puta madre -dijo el Chino-. Pero nos vamos a otro barrio, aquí ya nos tienen más vistos que el tebeo.
Nos fuimos hasta la carretera de Vicálvaro. Fichamos un GS nuevecito. Abrimos la puerta con una tonta y le hice el puente. Salimos a toda hostia y no paramos hasta la primera cabina en Vicálvaro. Nos hicimos cinco. El Chino tenía un sistema infalible: Maza y cortafríos. El Botas vigilaba y yo les esperaba con el carro en marcha. Nos hicimos con mil duros, compramos un pack de cervezas y nos fuimos al Canciller. Dejamos el carro abandonado cerca de Ventas. Estuvimos escuchando música y bebiendo. Buscamos al Brujo, que era el camello del Canci, y pillamos anfetas y jachís. Después pillamos un taxi y nos fuimos a la Gran Vía a ver a las putas. Cuando doblamos por Ballesta vi a la Charo. Llevaba minifalda, medias de rejilla e iba pintarrajeada como cualquiera de las putas. La Charo era del barrio.
¡Joder! La Charo era mi novia. Bueno, o algo parecido.
El Botas y el Chino se quedaron pasmados. Más que por ver a la Charo, por ver el careto que puse. Y el que puso ella.
Me fui hacia la esquina con una mala hostia que pa qué. La trinqué del brazo y la zarandeé.
-¿Qué coño haces aquí, me lo quieres explicar?
-¡Déjame, Lucky, vete a la mierda!
-¿Cómo que me vaya a la mierda? ¿Qué hay de lo nuestro?
-Lo nuestro es una mierda, igual que todo. Mi madre está enferma y mi hermano es un yonki de mierda. ¿Me vas a dar tú todo el dinero que necesito?
-¡Sabes que siempre te he ayudado en lo que he podido, joder. Lo último que esperaba era verte aquí!
Las voces habían alarmado al personal, así que pronto nos vimos rodeados de las otras putas y de gente morbosa cuyas vidas están vacías. No le vi venir, pero un nota gigante me cogió de la cabeza y me alzó a pulso. Yo pataleaba y de vez en cuando le acertaba una patada en el pecho. Fue el Chino el que sacó el estilete y le empezó a dar puñaladas en los costados. Me metí una hostia contra el suelo en cuanto me soltó. Me incorporé y le metí una patada en los huevos. El Chino seguía clavándole el estilete. Finalmente, el nota cayó al suelo sobre un charco de sangre. A esas alturas, la gente y las putas gritaban como si las puñaladas se las dieran a ellos.
-¡Le habéis matao, hijoputas, le habéis matao! -gritaba la Charo.
-¿Era tu chulo? -le pregunté.
-¡Estáis como una puta regadera, joder!
-Agua, Lucky -dijo el Botas.
Salimos corriendo y solo paramos cuando nos hubimos alejado lo suficiente. Yo llevaba a la Charo agarrada del brazo. Se le había corrido el rímel y la pintura de los labios. Estaba preciosa. Vale, era una puta, pero estaba preciosa. Al menos no podría volver a la misma esquina.
Cogimos un taxi y nos fuimos al barrio. La Charo dijo que no podía plantarse en el barrio con esas pintas, pero no la hicimos caso. Me llamó hijo de puta. Le di un par de hostias. Ella se echó a llorar. Le metí dos talegos en el bolsillo de la minifalda sin que se diera cuenta. La llevamos hasta el portal de su casa. Después engañamos al taxista y le quitamos la recaudación en una calle apartada. Se quiso hacer el valiente, aunque se le bajaron los humos en cuanto vio al Chino con el estilete en una mano y el cortafríos en la otra. Al final se fue y nosotros nos comimos las anfetas que nos quedaban. Después, compramos un litro en la bodega y nos hicimos un peta en un banco del descampado.
-Vaya putada, Lucky -dijo el Botas.
-¿Vosotros lo sabíais?
El Chino y el Botas se miraron y bajaron la mirada. No hizo falta que me contestaran.
-Pasa de ella -dijo el Chino.
-Voy a por una papelina de caballo -dijo el Botas.
Al rato estábamos calentando la cucharilla. El primer pico se lo dio el Botas. Antes nos había comentado que solo había una chuta y nosotros sabíamos que pincharnos con la misma tenía sus riesgos. Pero eran las dos de la mañana, a ver dónde coño conseguíamos otras dos. En esos momentos no piensas en lo que te pueda pasar. Solo piensas en el jodido caballo entrando por las venas. Y en que eso es lo que hay. Eso o nada. Así que me até la goma al brazo y me metí el pico. Cuando el caballo entró por la vena ya no había Charo. No había barrio, no había nada, ni miseria ni desesperanza. Flipé como solía hacerlo y después me quedé dormido. Soñé que vivía en una casa grande, en una montaña nevada con vistas a un lago enorme. Otra vez el jodido fiordo noruego. Lo mismo en otra vida había sido vikingo, vaya usted a saber.
Cuando desperté, el Botas estaba zarandeando al Chino.
-¿Qué pasa tronco?
-¿Que qué pasa? Este no se despierta, tío. ¡La hemos cagao, joder, la hemos cagao!
No soy médico, nunca llegaría a serlo. Pero no hacía falta ser muy listo. El Chino estaba blanco, con los ojos abiertos y frío como el mármol.
A su entierro fuimos el Botas, la madre del Chino, sus dos hermanas y yo. También iba a ir la Charo, pero más tarde me enteré de que tenía un servicio.
El Botas me dijo que le acompañara a dar un palo, pero me fui a mi casa. Me abrí un bote de cerveza y me fumé un porro. Después estuve un buen rato esnifando pegamento. Al mirar por la ventana, el barrio volvió a parecerme un jodido fiordo noruego.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Cuento de Navidad: EL REGRESO DE PEDRO, de Virtudes Reza

Era un fin de semana extraño. El viento rugía fiero como el león en la estepa africana. El sol no mostró ni un solo rayo de luz y de calor, dejando el protagonismo a las nubes que copaban todo el cielo que mis ojos eran capaces de percibir.
Las gotas de agua envueltas de niebla, envolvían ahora mi cuerpo y mis ojos se empañaban de lágrimas forzadas por el frío. Mi caminar era indeciso y sin equilibrio. Luchaba con el viento como luchaba con mi existencia.
-Es curioso cómo cambia el tiempo -murmuré pensando en voz alta-. Ayer hacía un día templado y hoy un frío punzante -pensé mientras frotaba mis brazos al descubierto.
Seguí caminando un buen rato. No podía coger un taxi porque no tenía ni siquiera para la bajada de la bandera. Mi objetivo era llegar a casa lo más rápido que mis pies podían deslizarse por la acera mojada y a ser posible sin resbalar. Deseaba estar con la estufa de gas junto al sillón orejero que metódicamente acariciaba mis sueños de siesta. Ansiaba sentarme y divisar a la gente por el ventanal de mi salón. Sentirme abrigado por el calor del hogar mientras el resto de la humanidad corre de arriba para abajo perdida por el estrés de la ciudad y del trabajo. Me siento privilegiado de ser escritor y poder trabajar desde casa.
Qué cabeza la mía, no entiendo cómo he podido salir con una camiseta de manga corta. Qué despistado soy. Cualquiera que me vea podría pensar perfectamente que qué raros son los escritores. Hasta yo lo pienso.
A medida que avanzaba hacia mi apartamento, notaba como un aire enrarecido se cortaba a mi paso ligero. Primero una pareja me siguió con su mirada, a lo cual respondí con cierta timidez.
Sin mucho intervalo de tiempo, una señora mayor me miró con cierto descaro, acentuando sus arrugas del tiempo aún más en el entrecejo.
No di importancia al encuentro con la anciana y achaqué su indiscreción a la falta de visión por cataratas, y no precisamente por las del Niágara.
Continué mi camino sin más ideas en mi cabeza. Pensaba en ponerme cómodo y beber una taza bien caliente de cacao.
-¡Me encanta el cacao! –me dije con los labios entrelazados por los tiritones.
Tengo un amigo que es cura en Chuao y tiene el buen gusto de enviarme de vez en cuando cacao venezolano a través de valija eclesiástica. Me relamía el paladar succionando el exceso de saliva que mi fijación por el cacao producía.
Por fin llegué al portal de mi apartamento. El portal estaba abierto, me colé como una serpiente huidiza y , sin esperar el ascensor, me apresuré a subir los escalones de dos en dos para luego precipitar la distancia de tres en tres.
Jadeante y con el frío que había entumecido mis movimientos hasta ese momento, acerté a la primera, en sacar la llave de entre varias. Pero no podía creer lo que estaba pasando. La llave no entraba.
-¡No puede ser! -pensé con velocidad para no insistir obligando la cerradura.
Sabía que era la llave, sabía que era el portal y sabía que estaba en la puerta de mi apartamento. Realmente sentí un surrealismo del que pocas veces estuve a salvo, por lo que no me impresionó, la fuerza de la costumbre.
Deshice el camino hacía el portal en una bajada lenta. Salí hacía la calle, intentando llegar a una cabina de teléfono a la vuelta de la esquina y gastar el poco dinero metálico que tenía en los bolsillos. Al cruzar la calle me tropecé con una farola. Me golpeé el hombro izquierdo. Y al girarme me llamó la atención un cartel que había abrazado al poste con dos tiras de celofán amarillento. Me acerqué a leer el cartel y apreciar la fotografía: “Se busca desaparecido hace tres años”, leí en letras mayúsculas. Abajo una foto de un joven con un buen porte y bien afeitado.
Aquel conato de retardo no duró mucho. Pronto divisé a pocos metros la cabina y tuve suerte porque estaba libre.
-¡Mamá! Soy yo.
-¡Pedro! Hijo, ¿eres tú?
Hace dos años desde aquella llamada telefónica. Y tres años más desde que salí de casa hasta que me reencontré conmigo mismo en aquel cartel colgado en la base de la farola. Cinco años de mi nueva vida, en la que lucho por rescatar mi pasado. Llevo melena, barba y no sé mi nombre. Sólo sé que parezco un escritor y en mi DNI pone Pedro de Paz.

sábado, 30 de octubre de 2010

Amnesia

Como todos los días, desperté en mi casa sin saber dónde estaba. Me preparé un café con leche y me senté frente a la ventana. Era maravilloso observar un paisaje nuevo cada mañana, porque nunca podía acordarme del día anterior.

Una mujer a la que no conocía entró por la puerta. Me traía las provisiones diarias, según dijo.

-Hoy tiene usted mejor cara - comentó con desgana-. Al rato, se fue como había venido.

Abrí el sobre que había encima de la mesa. "Para abrir cada mañana", podía leerse en el anverso. Lo leí:

"Si quiere anular el deseo que le concedí sólo tiene que desearlo con fuerza".

Preferí desear, como cada día, no recordar nada al día siguiente.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Arte

Frente a la chimenea, terminé de corregir mi manuscrito. Era mi mejor novela. Bebí un trago de whisky y la arrojé a las brasas. Todavía fue mejor verla arder.

lunes, 4 de octubre de 2010

Suicidio literario

Le vi llegar al bar. Tenía ese aire de escritor que todavía no había publicado y que no lo haría jamás, salvo que se pagase la publicación él mismo. Pidió una caña y observé cómo escribía algo en una servilleta que arrugó y echó a la papelera. Pagó y se fue. No pude reprimir la curiosidad y rescaté la servilleta de entre los desperdicios. Leí la frase. Decía: "Adiós, mundo cruel. Aquí y ahora, perpetro mi suicidio literario. No volveré a escribir nunca. Me voy a casa a quemar mis manuscritos.". Pobre diablo, pensé. Lo extraño es que el texto estaba escrito con mi propia letra.

sábado, 17 de julio de 2010

Relato: El escritor

Entré en el Café Gijón y Federico me condujo a mi mesa del rincón con su amabilidad característica. Miré por unos instantes hacia la Castellana a través del cristal y le dije a Federico que me trajera un entrecot con patatas y una copita de Marqués de Cáceres. Me daba este lujo una vez al mes, justo el mismo día que me ingresaban en el banco el importe del subsidio de desempleo.

Hubo un tiempo en que acudía aquí todos los días. Un tiempo en que este templo de la Literatura albergaba a los mejores escritores. Una época en la que se charlaba entre compañeros y se ponían en marcha revistas, obras teatrales, novelas y muchos otros proyectos. No teníamos dinero, pero por aquel entonces, el Café tenía unos precios asequibles. Un día, empezaron a venir los ricos, atraídos por el ambiente cultural, y se quedaron para siempre. El resultado es que subieron los precios y todos los artistas dejaron de frecuentar el Gijón. Pero entre esas cuatro paredes quedaba algo, un no se qué que me tenía atrapado. Y eso que yo no llegué a ser importante, como mis compañeros de generación.

Estudié Periodismo, con el esfuerzo de mis padres, que eran trabajadores humildes. Y trabajé de reportero en Pueblo y en ABC. Yo escribía desde que era un niño. Pero ya en la madurez, la Literatura entró en mí como un torrente incontrolable, y empecé a escribir relatos, poesías, novelas y artículos. Esto, que en otra persona podría haberse considerado como una virtud, en mí fue una maldición. Desde aquel momento, sólo me importó escribir. Y me importaban un pito el trabajo, la familia y los amigos. Me convertí en un solitario y fue cuestión de tiempo que, tras terminar trabajando para varios periódicos locales, nadie quisiera darme trabajo. Lo último que había hecho había sido trabajar de acomodador en el María Guerreo.

Todos mis compañeros publicaron sus poemas y sus novelas y hoy son famosos y viven acomodadamente. Los periódicos se los rifan para contratarles como columnistas o como críticos literarios. Yo no tuve cabeza ni me supe vender. Así que malvivo del paro y, eso sí, me ayuda bastante el ganar por lo menos un par de certámenes al mes, aunque esto no es nada seguro.

Terminé de comer y pedí una copita de Jameson con hielo. Abrí mi cuaderno Moleskine, quité la funda de mi Mont Blanc, encendí un cigarrillo y me puse a escribir. Perdí la noción del tiempo y pedí otra copa a Federico. Me sentí un tanto desconcertado cuando descubrí a una joven en la mesa de al lado que, no sólo me miraba, sino que mostraba la mejor de sus sonrisas. Parecía un ángel y, por unos momentos, empecé a pensar cosas raras, por lo que decidí bajar la vista y seguir escribiendo. No pude. Federico me trajo la copa, encendí otro cigarrillo y volví a bajar la mirada. Al cabo de cinco segundos escuché una voz aún más angelical que el rostro de la muchacha que tenía de pie a mi lado.

-¿Puedo sentarme? –me dijo.

-Adelante –logré decir balbuceando.

La chica era rubia y tenía el cabello largo y rizado. Sus ojos eran de color verde esmeralda y sus labios carnosos ocultaban dos hileras de dientes blancos y brillantes. Llevaba una blusa morada escotada, una falda negra y corta que escondía la mitad de sus bien torneados muslos, medias negras transparentes y botines puntiagudos de color morado.

-¿Es usted escritor? –me preguntó.

-Sí, señorita, me dedico a escribir cosas.

-¡Qué interesante! Por cierto, me llamo Ana Cifuentes.

-Yo, Felipe de Paz –contesté extendiendo mi mano.

Estuve a punto de decirle que en mi caso era todo lo contrario a interesante, que la escritura había arruinado mi vida, pero no sé por qué, fui sensato y obvié el comentario. Empezó a contarme que su padre, aficionado a la Literatura, la llevaba al Gijón cuando era pequeña y la hablaba de libros y de los autores que se reunían en el Café. Su padre había muerto, pero ella había continuado yendo por el Gijón, aunque se quejó de que ya no veía a ningún escritor. Que por eso se había acercado a mí al verme escribir. Apuró su café y aceptó que la invitara a una copa.

-¿Me dejaría usted leerlo? –dijo señalando mi cuaderno.

Le dije que el relato que estaba escribiendo no estaba terminado, aunque realmente sólo faltaba el desenlace que cualquier escritor avezado podía intuir. Y me dijo que no le importaba, que se moría de ganas por echarle un vistazo. Ante su sonrisa, que me tenía hechizado, no pude negarme y le extendí mi Moleskine. Empezó a leer. Se inclinó sobre la mesa y dejó a la vista sus más que generosos senos. Mis ojos se perdían en sus pechos y sentí una erección. Aparté la vista y reflexioné. Yo tenía 55 años y ella no aparentaba más de treinta, así que no era cuestión de hacer el ridículo. Aun así, no pude evitar que mi mirada aterrizara más de una vez en aquel escote. Cuando terminó de leer me miró como una niña a la que acaban de comprar unos zapatos nuevos.

-Pero…, pero este relato es espectacular –me dijo-. Escribe usted de una manera exquisita.

-No es para tanto, pero gracias.

A partir de ahí, empezó a interrogarme sobre los aspectos literarios de mi vida. Como hombre y como escritor que soy, me dejé llevar y empecé a hablar de mí mismo. Mi vida era un desastre, pero de vanidad iba bien servido y le relaté mi juventud y mis encuentros en el Gijón con mis compañeros escritores. La surtí de todo un repertorio de anécdotas y enumeré todos los premios de poesía, relato y novela que había ganado. Le brillaban los ojos. Y yo seguía presumiendo entre sus exclamaciones tales como “¡es increíble!” o “¡qué interesante!”.

Al cabo de un par de horas y un par de copas más me sorprendió diciéndome que podíamos continuar con la charla en su casa. Yo no me lo podía creer. Acepté sin titubeos. Pagué a Federico y me excusé ante Ana para ir al servicio. Una vez allí, me lavé la cara y me humedecí el pelo para peinarme. Hice unos cuantos gestos ante el espejo como si fuera un adolescente y me autoengañé pensando en que mi rostro maduro de pelo plateado podría resultar atractivo para una joven. Después, extraje de mi bolsillo una muestra de colonia y me perfumé. Al salir, vi a Ana esperándome en la puerta del Café. Me tomó del brazo y nos encaminamos a su casa que, según me dijo, estaba cerca.

Mientras caminábamos por la calle continuamos hablando. Ella sujetó mi brazo más fuerte aún. De pronto, creí haber rejuvenecido veinte años de golpe y mientras charlaba empecé a percibir el olor de la chica, no el de su perfume, sino su olor corporal, lo que me produjo otra erección al instante, potenciada por las furtivas miradas al escote y el contacto con ella a través del brazo.

Ya en su casa, puso música y el salón se llenó de los compases de la banda sonora de “Memorias de África”. Hizo café y sirvió dos vasos de whisky con hielo. Yo le pedí algunos datos de su vida y sólo me dijo que escribía relatos y que su ilusión era escribir una novela. Parecía más interesada en mis técnicas de escritura, y yo se lo conté todo.

-Felipe –dijo ella-, ¿te importa que me ponga cómoda?

- En absoluto, adelante –le contesté.

Yo no podía más de excitación. Cuando al cabo de cinco minutos ella volvió al salón con un kimono negro que le cubría hasta la mitad de los muslos, me creí morir. Jamás había contemplado antes la imagen de una mujer tan seductora. Ella volvió a sentarse junto a mí con una sonrisa harto sugerente y no pude más. Deslicé la mano entre sus muslos, que se separaron lentamente. Me encontré sin más con su vello púbico. Ella gimió y, tras unos segundos, se levantó para deslizar el kimono sobre sus hombros, que cayó al suelo produciendo un susurro inaudible.

Abandoné la casa de Ana totalmente hipnotizado. Me dijo que me llamaría al día siguiente, pero nunca lo hizo. Volví a su casa, pero ella ni siquiera vivía allí. Interrogué a sus vecinos, pero nadie supo darme razón de una chica rubia de unos treinta años llamada Ana Cifuentes. Allí no vivía nadie. La casa era de alguien que había muerto recientemente, viudo y sin hijos. Ana se esfumó de mi vida. Incluso llegué a poner una denuncia por desaparición en comisaría. Cuando la policía comprobó que ella no vivía allí, no sólo se mofaron de mí sino que a punto estuvieron de demandarme por mentiroso. Pasé un mes con depresión, dando tumbos por el barrio y emborrachándome. Poco a poco, con paciencia y disciplina, volví a centrarme en escribir.

Habían pasado unos quince meses desde que conociera presuntamente a Ana cuando un amigo escritor, compañero de generación y ahora famoso, me invitó a la presentación de su última novela en una librería de la ciudad. Llegado el día, me acerqué hasta la librería una hora antes y me dediqué a mirar libros tranquilamente. Después de pasar un rato agradable, me dirigí al lugar reservado a las diez novelas más vendidas. Sentí la curiosidad de mirar el libro que ocupaba el número uno. La portada no estaba mal y la editorial era la más importante. Di la vuelta al libro y empecé a leer la sinopsis. Según avanzaba en la lectura fui palideciendo. Rápidamente, busqué la fotografía de la autora en la solapa de la novela. Entonces empecé a temblar de forma descontrolada. No podía creerlo. En la fotografía aparecía Ana sonriendo. Sólo que ni siquiera se llamaba Ana, sino Clara Amores, la mujer que me robó el corazón y mi relato para convertirlo en una novela de éxito. Qué ingenuo había sido. Y lo malo era que, siguiendo las pautas que me marcaba mi habitual despiste, no había registrado el relato en la Propiedad Intelectual, así que no podía hacer nada. Estrellé el libro contra el suelo. Cuando el vigilante de la librería me agarró, apareció mi amigo el escritor y, con tenacidad, pudo convencer al empleado de seguridad para que me soltara. Se ofreció a pagar los desperfectos, pero el vigilante dijo que yo debía abandonar la tienda inmediatamente. Mi amigo me acompañó hasta la calle y, una vez fuera, quiso saber qué me ocurría. Pero yo sólo vociferaba maldiciones. Cuando consiguió tranquilizarme se despidió de mí porque ya era la hora de la presentación, no sin antes preguntarme si me encontraba bien. Yo asentí y me alejé cabizbajo y con las manos en los bolsillos.

Veinte días después, yo hacía cola en unos grandes almacenes. Clara Amores presentaba al público su best seller basado en mi relato. La cola avanzó lentamente hasta que, al fin, estuve frente a frente con la escritora. Mi mirada de odio contrastaba con la expresión de incredulidad de Clara, que empalideció al instante.

-Eres una embustera y una ladrona –le espeté ante su público, los micrófonos y las cámaras.

El rostro de Clara pasó del blanco inmaculado al rojo carmesí. Pasados unos segundos de incertidumbre, ella se levantó y consiguió a duras penas que la siguiera hasta un rincón. Allí, una mujer con rasgos sudamericanos, sostenía un carrito que albergaba un bebé.

-Lo siento, Felipe, de verdad –dijo Clara mirando hacia el suelo-. Felipe –continuó diciendo la escritora-, éste es nuestro hijo.

Antes de abandonar el recinto de la presentación con rostro colérico y los puños apretados, pronuncié lo que, más que una contestación, pareció una sentencia.

-Nuestro hijo, sí… –dije con la mirada perdida-. Un hijo de puta.

martes, 23 de marzo de 2010

El cuerpo del delito

El inspector Antonio Parras, de homicidios, entró en el edificio en ruinas que había sido el matadero dando una patada a los tablones que había en el hueco de una de las puertas de entrada. Casi se cae por el impulso de la patada, un esfuerzo muy superior al necesario para romper unos tablones medio podridos. Uno de los confidentes habituales le había dicho que muchas prostitutas utilizaban el antiguo matadero como picadero, así se ahorraban la habitación. El sitio era cutre, estaba sucio y olía a orines. El inspector no se hacía a la idea de cómo alguien podía realizar allí actos sexuales. Pero, claro, la prostitución de la zona tampoco era de lujo, los clientes no eran precisamente ricos. A veces ni siquiera tenían un trabajo.

Avanzó temiéndose lo peor. Hacía dos días que nadie veía a Laura. Había objetos por todos los lados, algunos inverosímiles. El inspector tuvo cuidado de no pisar ninguna jeringuilla. Después de recorrer la planta baja subió una altura más. Había transcurrido media hora cuando el inspector se topó con un zapato rojo de tacón. Unos minutos después vio un pie desnudo asomando por debajo de una puerta que había en el suelo. La apartó y contempló la espalda desnuda de una mujer. El espectáculo no era agradable. El cuerpo de la chica estaba desnudo y presentaba mordeduras que presuntamente serían de las ratas que habitaban el edificio. Extrajo unos guantes de látex de su bolsillo, se enfundó las manos y dio la vuelta al cuerpo. Las cuencas de los ojos estaban vacías. Por más que se fijó, la chica no presentaba ningún orificio de bala ni de arma blanca. La causa de la muerte estaba más que clara. Después de un leve reconocimiento advirtió que la tráquea de Laura estaba rota. El cabrón que hubiera hecho eso la había apretado el cuello con todas sus fuerzas.

Sacó su cámara digital de alta resolución y realizó algunas fotos. Laura le observaba con la mirada vacía. Y vacía estaba su alma también de sentimientos, única forma de realizar su trabajo sin enloquecer.

Al cabo de quince minutos llamó a la central. Después se sentó en una caja de madera cochambrosa a unos diez metros del cadáver y se encendió un cigarrillo. En breves instantes aquello estaría lleno de pasmas y de forenses, momento en el que él se retiraría a emborracharse, una vez más, en el silencio y en la penumbra del salón de su diminuto apartamento.

martes, 9 de marzo de 2010

Giro

No cabía duda, el pueblo costero gaditano ejercía en Paco verano tras verano el efecto terapéutico esperado. Después de trabajar todo el año, tenía que acudir allí y dedicarse a no hacer nada, a prescindir de horarios, a contemplar las montañas, a oír el susurro del oleaje, a tomar el café con los parroquianos. Y tenía que hacerlo solo. No sabía a ciencia cierta de qué manera había desarrollado ese instinto que le hacía no sólo buscar la soledad, sino amarla y gozarla intensamente. Cada vez odiaba más el tener que mezclarse con gente. Si tenía que hacerlo, siempre acababa frustrado y maldecía en silencio el momento en que había decidido acudir a la reunión. La última había sido en su casa, antes de iniciar sus vacaciones. Invitó a una pareja a la que conocía de toda la vida y acudieron con los niños. Ya durante la cena experimentó la familiar sensación de tedio al comprobar que la estrella de la velada era la ausencia de cualquier tipo de conversación medianamente inteligente. Echó profundamente de menos a las personas que conoció tiempo atrás. Cuando al término de la cena el tiempo fue pasando y la pareja compartía juegos con los niños en un pequeño artilugio que él supuso que era una consola, se levantó, se dirigió al servicio y vomitó. Cuando volvió seguían emitiendo gruñidos e incluso se enfadaban entre ellos. Así que les echó de su casa con toda la diplomacia que fue capaz de reunir.

Acababa de cenar y mientas fumaba un cigarrillo escuchando el ruido de las olas, estaba reflexionando. ¿Sería una enfermedad sentirse feliz estando solo? Hacía ya mucho tiempo que se hacía esta pregunta. Abandonó el murmullo de la terraza y se dirigió a experimentar su rutinario paseo nocturno. Le gustaba ir de noche por esa carretera oscura, sin más luces que las de las casas lejanas, sin más ruido que el pitido de los barcos que atravesaban el Estrecho de Gibraltar. Y rezaba para que la civilización no llegara nunca allí, para que su refugio estival permaneciera siempre como hasta ahora, en estado semisalvaje. Al cabo de un buen trecho de marcha observó un bulto en la oscuridad, algo sobre el murete que bordeaba la estrecha carretera. Cuando se fijó un poco más, vio que era un hombre de espaldas que miraba en dirección a la estela luminosa proyectada por la luna sobre el mar. El hombre lloraba y su llanto era el más amargo que Paco había escuchado nunca. Se quedó tan impresionado por la circunstancia que su primera reacción fue seguir la inercia de sus pasos y, cuando se dio cuenta, había dejado la escena unos cien metros atrás. De repente sintió que no podía seguir paseando y que de alguna manera, se había contagiado de una angustia vital como nunca antes había sentido. Giró ciento ochenta grados y se fue acercando poco a poco al desconocido. Se situó a su espalda mientras pensaba que no tenía ninguna necesidad de hacer lo que iba a hacer.

-Buenas noches, amigo -dijo Paco al tiempo que el hombre dio un respingo y se volvió asustado.

-¿Quién es usted? ¿Qué quiere? -contestó el hombre con marcado acento británico.

-Perdóneme, pero sólo soy un paseante nocturno que no he podido asumir sin más lo que he visto mientras iba caminando. No quiero molestar, es más, si me dice que me vaya seguiré mi camino inmediatamente.

-No, no es eso. Es sólo que no le conozco y me ha sorprendido el sonido repentino de su voz. Ni siquiera le había visto llegar. -El extranjero había apagado sus sollozos e intentaba aparentar más dignidad de la que tenía en esos momentos.

-Entonces, permítame que me siente ¿quiere un cigarrillo? -El hombre aceptó y la llama del mechero permitió a ambos escrutar más de cerca sus rostros.

-Se está bien aquí ¿eh? Al menos a mí siempre me reconforta la mezcla de la oscuridad de la noche y el rumor de las olas. -Paco intentó iniciar la conversación intentando poner en práctica la poca sensibilidad que aún le quedaba en sus relaciones con los demás.

-Pues la verdad es que sí, -contestó el extranjero- a pesar de que la vida no tenga sentido.

-Puede que lleve razón, o puede que no. O puede que el error sea intentar explicar la vida en términos racionales. Siempre pensé que la razón es una cualidad estrictamente humana, por tanto, siendo anecdótico el género humano dentro de la diversidad animal, vegetal y mineral, ¿por qué tendría que ser acertado analizar la vida en pensamientos razonados?

-Eso es demasiado profundo amigo, aunque admito que la reflexión es original. Mire, intuyo que le he dado pena y que se ha sentado conmigo para intentar ayudarme, cosa que le honra y que le agradezco. Pero sencillamente, mi vida es un asco, algo he debido hacer mal. Me encuentro en un momento en el que no me reconozco, sólo siento angustia y una pena muy grande.

-Se equivoca amigo -dijo Paco procurando no contrariar en exceso al afligido desconocido-. No sentía ninguna pena por usted, no le conocía. Haciendo un ejercicio de sinceridad, me he sentado con usted porque he sentido la necesidad, nada más. Sin embargo, nuestra conversación hace que empiece a sentir una corriente de empatía hacia usted, inexplicable ¿verdad? Pero así es como funcionamos. Como puede ver no es nada racional, pero ahí está.

-Le agradezco sus palabras, de verdad. Pero cuando uno pierde su trabajo por cuidar a su mujer que acaba de morir de cáncer, cuando al cabo de un mes tu única hija muere en un accidente de tráfico y una semana más tarde tus padres mueren en una explosión de gas, no queda más remedio que pensar que todo esto es una mierda, y perdone la expresión -afirmó categórico el extranjero. En ese momento, a Paco sólo le resonó una palabra en el cerebro: ¡joder! ¿Qué podía decirle ahora a este hombre? ¿Que la vida sigue? ¿Que hay que olvidar? Esperaba estar a la altura de las circunstancias.

-Lo que acaba usted de decirme es tan fuerte que no se cómo no se ha quitado usted de en medio -respondió Paco intentando reforzar la valentía de su interlocutor.

-Pues está usted a punto de presenciarlo. Llevo más calmantes encima de los que mi cuerpo podrá soportar. Lo siento pero he intentado no involucrar a nadie -contestó sereno el extranjero. Paco sacó rápidamente de su bolsillo el teléfono móvil y empezó a marcar el número de emergencias. En ese momento el extranjero le quitó el teléfono, lo apagó y lo lanzó lejos.

-Pero ¿qué hace? -gritó Paco.

-Se lo ha tragado ¿verdad? -le decía el extranjero mientras le miraba ahora con una sonrisa tenebrosa y con una desconcertante ferocidad en su mirada. Paco estaba confuso.- La verdad es que le he mentido como un bellaco, amigo. Demos un giro a nuestro encuentro y escuche los hechos como yo los he percibido. He visto acercarse a un hombre en la oscuridad. Y he visto que ese hombre tiene una pena tan grande en el alma que he decidido montar un ardid para que se detuviera. Y ahora cuénteme, amigo, ¿qué diablos le ocurre a usted?

domingo, 7 de marzo de 2010

Reencarnación

Jamás pensó que se atrevería a hacerlo, pero lo hizo. Cuando quiso darse cuenta, estaba de pie observando la grotesca escena. Era él quien pendía de la soga. Fue a la cocina, agarró un cuchillo e intentó cortar la cuerda. Al intentar levantarse a sí mismo, comprobó que no era capaz de abrazar su cuerpo. Cuando éste dejó de moverse, sintió un vertiginoso tirón que le situó en una escena mucho más extravagante. Alguien le decía que tenía que volver y al momento se sintió flotando dentro del útero de una mujer a la que conocía bien. Era su esposa.

lunes, 4 de enero de 2010

La carta











En mi enésima visita al museo, justo cuando me aproximaba a admirar una pila bautismal, me ocurrió un suceso inesperado. Al acercarme, vi que en la pila había una carpeta de color verde. La tomé en mis manos y miré alrededor. La sala estaba vacía en esos momentos, así que miré la carpeta por si había algún nombre escrito. Al no encontrar nada, la abrí en un intento de identificar al dueño, pero tampoco encontré dentro nada que fuera significativo y que me permitiera identificar a la persona que, evidentemente, se había dejado olvidada la carpeta en la pila. Invadida por un cierto grado de curiosidad, fisgué entre el contenido, consistente en unos folios en blanco y en un sobre, un sobre en blanco cerrado. Al asirlo, me di cuenta rápidamente de que contenía algo. Cerré la carpeta y me dirigí al conserje del museo. Le referí el casual encuentro de la carpeta y le dije que se la quedara por si alguien preguntaba por ella.


-No puedo quedarme con eso, señorita -me dijo muy serio.

-¿Por qué no?

-Pues porque no sé de quién es, ¿qué quiere que haga?

-Pues..., qué se yo -le dije-. Guárdela y alguien preguntará por ella.

-Oiga, señorita, yo no me la he encontrado. Así que no voy a cargar con el muerto. Lo que debe hacer es llevar eso a objetos perdidos.

La respuesta del conserje, que nada más pronunciar la última frase siguió con sus tareas ignorándome descaradamente, me dejó desconcertada y sin palabras. Salí del museo sin saber muy bien qué hacer con la carpeta y me metí en la primera cafetería que encontré. Mientras me traían el café, encendí un cigarrillo y empecé a dar vueltas al sobre en blanco entre mis manos. Después de que el camarero depositara el café humeante en la mesa, decidí abrirlo. Quizá el contenido podría darme alguna pista acerca del dueño de la carpeta. Empecé a leer. Se trataba de una carta, una carta escueta pero intensa, dramática y melancólica.


"Querida Mercedes:

Como sabes me han dado el traslado que pedí y por el cual me felicitaste. Me voy del museo. Sé que te sorprendió y no me extraña, tantos años juntas y no te había dicho nada. Pues, querida amiga, el motivo de mi traslado eres tú. Vuelve a sorprenderte. Ahora ya puedo decírtelo, quiero decírtelo. Llevo años enamorada de ti. ¿Sorprendida? Creo que en el fondo, no tanto. Eres una persona muy inteligente y alguna vez habrás notado algo.No puedo seguir trabajando a tu lado, Mercedes, ni verte todos los días sabiendo que nuestro amor es imposible. Lo sé y me retiro esperando no verte más pero, eso sí, guardando tu recuerdo para siempre en mi corazón. Espero sinceramente que continúes siendo muy feliz con Pedro y los niños. Hasta siempre.Eternamente, Lucía."


Volví a meter el papel en el sobre mientras mis lágrimas caían en la mesa. Apuré el café, pagué la consumición y volví a encaminar mis pasos hacia el museo. Volví a interpelar al conserje y, como pude, intenté hacerle ver la urgencia de encontrar a Mercedes. Tras aclararle, a falta del conocimiento de sus apellidos, que era la amiga de Lucía, me condujo a su despacho. Ella me atendió de manera cortés.

-Buenos días, siéntese. ¿En qué puedo ayudarla?

-Creo que esto es para usted. Lo he encontrado casualmente -le dije tendiéndole la carta. Mercedes terminó de leer la carta con lágrimas en los ojos y su mirada era tan amarga que supe en ese mismo instante que Lucía se había equivocado. Aunque, puede que hubiera tomado la decisión acertada. Nunca lo sabré.

lunes, 28 de diciembre de 2009

La caja

Entré en casa, me acosté y los temblores fueron evolucionando hacia un fuego que me quemaba las entrañas. Me asusté tanto que volví a temblar, esta vez de miedo transformado en pavor a sufrir un infarto, un derrame cerebral o algún otro colapso corporal que me dejara tendido en la cama para siempre o muerto en la soledad de aquel apartamento infecto en el que vivía. Ahora, echaba de menos a Sofía, a Carmen, a Inma y a tantas otras mujeres con las que podía haber decidido pasar el resto de mi vida. Pero no lo había hecho, quizá por ese miedo al compromiso, a la lealtad y a la pérdida de libertad.
Me levanté de la cama entre estertores y acompañado de un sudor frío que cubría todo mi cuerpo. Llegué al botiquín y revolví los frascos de pastillas que cayeron al suelo ruidosa y desordenadamente. Algunos se abrieron y esparcieron por el suelo del baño un reguero de grageas y cápsulas de colores. Desenrosqué el tapón de los tranquilizantes y engullí dos como si me fuera la vida en ello. Pegué mis labios resecos y amoratados al grifo y tragué las pastillas. Sentí náuseas, pero logré aguantar el vómito, sobre todo porque no quería que las pastillas que acababa de ingerir iniciaran su periplo a través del inodoro. Pegué la frente al gélido tacto de los baldosines de la pared y el frescor me alivió. Seguía temblando, aunque el fuego interno se fue aplacando poco a poco.
De repente, un dolor que surgía del pecho me hizo tumbarme en el suelo y encogerme con las manos entrelazadas sobre el estómago. Empecé a sentir unas pulsaciones en la cabeza que se transformaron en un martilleo lento y continuo. Con cada latido del corazón parecía como si me atravesaran el cerebro con una aguja de punto. No aguantaba más. Me levanté como pude e intenté llegar al teléfono para llamar a una ambulancia. Mientras marcaba, vi la caja sobre la mesa y sentí una atracción irrechazable que me hizo colgar el teléfono cuando ya estaba dando la señal. Arrastré mis pies en dirección a la mesa y tomé la caja con aprensión. Con ella bajo el brazo, me dirigí hacia la cocina y la deposité en la encimera. La caja, esa caja de los milagros y de la locura.
La abrí. Deposité el polvo blanco sobre la cucharilla y trasladé el agua desde un vaso a la misma. La fui depositando con ansiedad con un cuentagotas. Tenía apoyados los codos en la encimera para evitar que los temblores mandaran todo a la mierda. Encendí el mechero y volví a ser testigo, una vez más, de cómo el polvo se diluía y se mezclaba con el agua. Saqué la jeringa de la caja y succioné hasta la última gota de la cuchara. Me até la goma a mi esquelético brazo, apretando el nudo con los dientes. Cuando detecté claramente la vena, me inyecté todo.
No transcurrieron ni dos minutos hasta que volví a mi estado de ser habitual. Había acabado con la crisis. Lo de desengancharme…, quedaba pendiente hasta una mejor ocasión.

martes, 22 de diciembre de 2009

Irreversible

Está solo, y esta circunstancia es irreversible. Ya ha pasado mucho tiempo desde que enfermó por leer tantas y tantas historias ajenas que hizo suyas. Fue en el psiquiátrico en donde empezó a escribir descubriendo que el oficio de escritor era todavía mejor que el de lector. Al salir del hospital con su futuro disfrazado de diagnóstico garabateado en un papel firmado por un doctor no demasiado cuerdo, encontró la soledad más absoluta. Su mujer se había llevado a los niños, la vida, sus ilusiones, el viento, sus amigos. Ahora pordiosea a unos y a otros para que lean sus escritos. Le adulan y le hacen constar su talento, pero siempre acaba solo. Termina en la barra de un bar en último término, aunque antes ha pasado por todo un periplo de montañas rusas vertiginosas en compañía de mujeres con perfumes ya conocidos y familiares. Y, finalmente, acaba paseando su mirada por las botellas, colocadas ordenadamente detrás de la barra, mientras observa jugar a la máquina tragaperras a un hombre solitario que no escribe y que no lo hará jamás. Pero tampoco ahogará sus penas en alcohol, como hace él, aunque le toque el premio gordo.

Y cuando tercie estar en una habitación de hotel, sentado en una silla, mirando a través de los cristales las húmedas dársenas del puerto, con las grúas amarillas y oxidadas, habrá una mujer duchándose y canturreando una canción que él no conoce. Él prefiere a Eric Clapton, pero claro, no hay mujeres que canturreen Layla.

La mujer se vestirá y se irá arrastrando sus sentimientos por las aceras del barrio del puerto. Él la observa absorto intentando taladrar con su mirada el cristal lleno de vaho y la cortina de agua que deja la lluvia. La ve desde la ventana y le dice adiós perfectamente mudo y quieto mientras una lágrima corre por su mejilla dolorida de tantas caricias frustradas. Si no fuera por la cicatriz, la lágrima habría rodado hasta la barbilla y aún más allá.

Está inspirado, así que se pone los colmillos y baja al bar, en donde observa la vajilla sucia y mutilada. No tiene ni portátil ni sentimientos, ya no. Y pide un bolígrafo al camarero mellado y con cara de pocos amigos. empieza a escribir muy rápido, y no precisamente de la mujer que acaba de abandonar momentos antes la habitación del hotel, sino de la lúgubre taberna llena de humedad. Ya no hay aromas de perfumes, de esos que tanto conoce y que no le dejan dormir por las noches. Cuando tiene la servilleta llena por las dos partes, enciende un cigarrillo. Y antes de que la llama del mechero se extinga, quema la servilleta. Esa crónica negra no la va a leer nadie. Sus pulmones no le agradecen las intensas caladas y el whisky quema sus entrañas, pero no lo suficiente. Se comería un entrecot, pero es tarde y su cerebro no para. El camarero ha visto arder la servilleta pero no ha dicho nada, peores cosas han pasado en la taberna desde el principio de los tiempos.

Ahora, de repente, cree estar en el infierno. El local es oscuro y no tiene alma, si alguna vez la tuvo, se la llevó el viento a bofetadas. Maldita vida echada a perder bajo ríos de tinta que se entremezclan con los residuos sólidos de la basura sin contemplaciones, sin mesura y con un despreciable olor a podrido. Ah, lo que daría ahora por un pedazo de sensatez envuelto en papel de regalo de color morado. Pero la sensatez quedó lejos, olvidada en alguna habitación de hotel llena de grietas, como el pequeño trozo de alma que aún le queda. Y para qué hablar de la cordura. De eso tampoco le queda un ápice, sólo que ahora no logra recordar dónde se la dejó.

Extrae el último cigarrillo y, como se han terminado las servilletas, saca el papel de platilla para escribir en el reverso. El boli acaba de morir. Deja el cigarro sin filtro y quema la espuma con el mechero para escribir con el hollín del filtro. Como no le funciona, se pincha en la yema del dedo con el pasador del cinturón. Está oxidado, pero le da igual, su vida no vale un duro. Moja el filtro en su propia sangre y empieza a escribir el último cuento, un relato premonitorio de muerte en el que él es protagonista. El camarero, borracho, se ha dormido y ronca apostado en la barra. Escribe, lentamente, y no porque no esté inspirado, sino porque el método funciona lo justo.

A la mañana siguiente encuentran muertos a los dos, a él y al camarero. Apestan a whisky. Su último cuento ha sido un epitafio: “No volvería a ser escritor ni aunque me condenaran a tormentos de perfume de mujer”.

sábado, 27 de junio de 2009

Irreversible

Que sepáis todos, os aviso, que un escritor no es una persona normal, y esta circunstancia es irreversible. El que escribe frente a un teclado es el solitario al que más le gusta estar con la gente, y si no le gusta, tiene que sacrificarse y buscar amigos y conocidos, y hasta desconocidos, que le proporcionen historias. El último artículo que he escrito, pendiente de publicación, me lo inspiró una solitaria frase en un eseemeese. Pues quien lo escribió, sale plasmada en el artículo, no cito nombres siempre que puedo.

El que toma café, se fuma un pitillo, come o cena, pasea o se cruza con un escritor, se arriesga a salir en sus novelas y en sus artículos. Es algo inevitable. Hasta cuando el que emborrona papeles o pantallas de ordenador cuenta una ficción, crea los personajes basándose en fisonomías de conocidos, familiares o amigos. Copia frases, giros, posturas, aspectos, ropajes, sensaciones, ambientes y hasta pensamientos. Para él, escribir es una droga a la que se hace adicto. Eso sí, como dice un buen amigo, el escritor no tiene que ir al psicólogo, ya lo cuenta todo en sus novelas, no le hace falta sentarse en el diván, o esto... o se vuelve loco.

Y, por lo menos los hombres, desconozco este aspecto de las mujeres, acaban divorciados si es que están casados, bien es cierto que no todos, pero pobres de sus esposas. Y como se divorcien, los escritores acaban frecuentando los bares de los barrios bajos buscando historias. Son vampiros que aspiran hasta los olores de las mujeres y aprenden a distinguir sus perfumes. Pordiosean a los amigos para que lean sus escritos. Le adulan y le hacen constar su talento, pero acaban solos. Siempre acaban solos en la barra de un bar en último término, aunque antes hayan pasado por todo un periplo de montañas rusas vertiginosas en compañía de mujeres con perfumes ya conocidos y familiares. Y, finalmente, acaban paseando su mirada por las botellas, colocadas ordenadamente detrás de la barra, mientras observan jugar a la máquina tragaperras a un hombre solitario que no escribe y que no lo hará jamás. Pero tampoco ahogará sus penas en alcohol, como hace él, aunque le toque el premio gordo.

Y cuando tercie estar en una habitación de hotel, sentado en una silla, mirando a través de los cristales las húmedas dársenas del puerto, con las grúas amarillas y oxidadas, habrá una mujer duchándose y canturreando una canción que él no conoce. Él prefiere a Eric Clapton, pero claro, no hay mujeres que canturréen Layla. La mujer se viste y se irá arrastrando sus sentimientos por las aceras del barrio del puerto. El rimel se le ha corrido y aún no ha dado ni diez pasos. Parece que lleva sangre en las mejillas, pero es el pintalabios, deshecho como una catarata caudalosa. Él la ve desde la ventana y la dice adios perfectamente mudo y quieto mientras una lágrima corre por su mejilla dolorida de tantas caricias frustradas. Si no fuera por la cicatriz, la lágrima habría rodado hasta la barbilla y aún más allá. Está inspirado, así que se pone los colmillos y baja al bar, en donde observa la vajilla sucia y mutilada. No tiene ni portátil ni sentimientos, ya no. Y pide un bolígrafo al camarero mellado y con cara de pocos amigos. Y empieza a escribir muy rápido, y no precisamente de la mujer que acaba de abandonar momentos antes la habitación del hotel, sino de la lúgubre taberna llena de humedad. Ya no hay aromas de perfumes, de esos que tanto conoce y que no le dejan dormir por las noches. Cuando tiene la servilleta llena por las dos partes, enciende un cigarrillo. Y antes de que la llama del mechero se extinga, quema la servilleta. Esa crónica negra no la va a leer nadie. Sus pulmones no le agradecen las intensas caladas y el whisky quema sus entrañas, pero no lo suficiente. Se comería un entrecot, pero es tarde y su cerebro no para. El camarero ha visto arder la servilleta pero no ha dicho nada, peores cosas han pasado en la taberna desde el principio de los tiempos.


Ahora, de repente, cree estar en el infierno. El local es oscuro y no tiene alma, si alguna vez la tuvo, se la llevó el viento de levante lejos, muy lejos. Maldita vida echada a perder bajo ríos de tinta que se entremezclan con los residuos sólidos de la basura sin contemplaciones, sin mesura y con un despreciable olor a podrido. Ah, lo que daría ahora por un pedazo de sensatez envuelto en papel de regalo de color morado. Pero la sensatez quedó lejos, olvidada en alguna habitación de hotel llena de grietas, como el pequeño trozo de alma que aún le queda. Y para qué hablar de la cordura. De eso tampoco le queda un ápice, sólo que ahora no logra recordar dónde se la dejó. Extrae el último cigarrillo y, como se han terminado las servilletas, saca el papel de platilla para escribir en el reverso. El boli acaba de morir. Deja el cigarro sin filtro y quema la espuma con el mechero para escribir con el hollín del filtro. Como no le funciona, se pincha en la yema del dedo con el pasador del cinturón. Está oxidado, pero le da igual, su vida no vale un duro. Moja el filtro en su propia sangre y empieza a escribir el último cuento. El camarero, borracho, se ha dormido y ronca apostado en la barra. Escribe, lentamente, y no porque no esté inspirado, sino porque el método funciona lo justo. A la mañana siguiente encuentran muertos a los dos, a él y al camarero. Apestan a whisky. Su último cuento ha sido un epitafio: “No volvería a ser escritor ni aunque me condenaran a tormentos de perfume de mujer”.

viernes, 20 de febrero de 2009

Inspiración cordobesa, de Virtudes Reza

Una vez más,
un capítulo más, del guionista.
Me destruyo mientras muero,
y muero porque de tu ausencia estoy llena,
y quiero volver,
a tu vera,
a tu rivera,
y olerte en primavera,
Para guardarte en mí,
para descubrirte,
para intuirte,
y tenerte hasta la eternidad.

Una vez más,
tatuar tu silueta,
en mi piel,
en mis manos,
en mi alma,
y ser esclava
de tus aromas
de tus esencias.

Una vez más,
buscarte como inspiración cordobesa,
en el reflejo del puente romano,
en la calidez de un paseo nocturno,
y en la escarcha del abismo,
de una terraza desnuda,
que te llama sin sentido.

Sentir el vértigo incontrolado,
y el suelo moverse a mi paso,
y el cielo rendirse en mi pelo,
y sentir elevarme,
en el ascensor del Sojo ,
con baile salsero,
antesala del reservado para un vodka caramelizado,
y subir tus escaleras,
intentando tocar lo sublime,
y bajarlas también,
para volver a la realidad de lo terrenal.

Humildad y paciencia,
en la Cuesta del Bailio,
parada meditada en la Dolorosa,
y fotografía bajo ocho faroles.
Reencuentro de sentimientos,
amigos del cansancio,
de unos pies,
de unos cuerpos,
de unos rostros,
impregnados de tu misericordia,
de tus migajas entrelucidas,
que me das cuando suplico.
Pero no quiero entender,
sí,
una vez más,
no quiero entender,
el plan de la vida,
sólo vivir,
y vivirte,
que pasen rápidos los grises de mi reloj,
para que pasen lentos tus besos,
y tus caricias,
y que no me quede la melancolía
de los adoquines mojados,
por lágrimas sedientas de tus aguas,
y por suspiros que el viento de levante,
quiere mecer para llevarme,
a tus recuerdos,
mientras que mi poniente deslucido,
sólo trae a mis pupilas,
la ficción de mis sueños.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Desojo cordobés, de Virtudes Reza

Acabo de llegar,
y todo me aborda,
todo me desborda.
la simple caricia
de una mirada aterciopelada,
el rayo de luz,
que alcanza sutilmente mi rostro,
y todo parece sin importancia.
“Nada es importante”.

Aunque la conciencia divaga,
en el mar de las mil flores,
y mi alma busca el jazmín,
perdido en las callejuelas cordobesas.
sólo a mi paso,
encuentro abanicos de colores,
desde el blanco azahar,
hasta el marrón de mis lágrimas,
que riegan mi interior, a falta de sangre.

Esencias perdidas,
esencias rescatadas y heredadas,
tal vez mejoradas,
esencias sin título,
de algún alquimista que cree que lo fue,
o quizás cree que lo es,
o sin más lo será,
siempre nos quedará la duda,
o tal vez no,
será la excusa para volver,
será la excusa para preguntar una vez más,
sin el permiso del guionista.

Y mis sentidos se abandonan,
en el momento en el que cruzo
la barrera y los límites del tiempo,
un pie tras otro,
acercándome al olvido de lo vivido,
y abriéndome al fluir del Guadalquivir,
en el desorden de los aromas,
que con el antojo aparecen por la tarde,
sin avisar,
para que no dé tiempo a cogerlos,
para que no dé tiempo de hacerlos míos.

A traición siento el escalofrío que nadie percibe,
y miro el cielo,
y miro la rivera,
y miro la sonrisa de un molino en ruinas,
y sólo siento que no quiero perder la memoria,
que el destino no me haga recordar,
lo que soy,
lo que percibo,
lo que fuí,
o lo que quedará de mí.

Ahora que estoy lejos,
que la perspectiva de la distancia,
deja mella en mis ojos,
busco una puerta,
tal vez la Puerta de Sevilla,
para sentir más magia,
para coleccionar sonrisas,
deshojando una maceta,
evocando la nostalgia,
bajo arcos de sabiduría,
buscando hueco,
en un alcázar,
o en la sinagoga,
donde las fotos del tiempo,
no quieren ser eternas.

Ahora que estoy lejos,
experimento la risa exteriorizada,
y el llanto interior emocionado,
un semicírculo de sensaciones
siempre almizcladas,que me hacen retornar a ese lugar del cual no quisiera irme.

martes, 25 de noviembre de 2008

Vivir para contarlo

Los años de la movida madrileña fueron una explosión de cultura: arte, música, pintura, moda, arquitectura, literatura, cine..., sexo, droga, alcohol, rock and roll...Aún recuerdo aquellos años con cariño, no con nostalgia, sino con cariño. Y con pena, porque muchos de mis amigos no consiguieron sobrevivir a la movida, quedaron en el camino. Andaba por aquellos años Tierno Galván ejerciendo las labores de alcalde de Madrid (hay quien dice que dejó un boquete económico en el ayuntamiento para anotar en el libro Guinnes de los records). Y, siendo viejo, él decía que se consideraba joven. "Abuelito entrañable", decían unos, "el viejo profesor", decían otros. Yo, desde la madurez que ahora me han dado los años, pienso que al viejo le faltaba un tornillo y que se le iba un pelín la pinza. Pero en aquel tiempo, Tierno era mi ídolo, ¿cómo no iba a serlo si teníamos concierto día sí día también? Yo vivía en un barrio de las afueras, de los de aluvión, de los feos y en el que la delincuencia y los problemas sociales podían olisquearse en el ambiente nada más salir del portal. Aquella tarde había quedado con los del instituto, porque yo tenía dos pandas: la del barrio y la del "insti". A veces las juntaba, pero no era frecuente. Bien, como decía, aquella tarde habíamos quedado en el bar de la Carmen, al lado del "insti". Yo llegué el primero y me pedí una cerveza. Al cabo de diez minutos llegó el Chino, sonriente, y me propuso salir del bar para dirigirnos a la bodega y comprar un litro de güisqui para mezclarlo con coca cola. El Chino siempre suspendía, pero era un chaval de ideas brillantes. Acepté su propuesta sin rechistar y, tras pagar la cerveza a la Carmen, nos fuimos a la bodega. Le pregunté por su inseparable colega Luis, que esa tarde iba a venir con nosotros. Me dijo que eso no iba a ser posible, porque desde por la mañana había estado dándole al pegamento y su estado era un tanto lamentable.Después de hacer la mezcla alcohólica, vimos aparecer al Pato y al Pepe que se unieron a la fiesta. Nos sentamos en el banco en el que solíamos aparcarnos cuando hacíamos pellas . El Pato nos mostró la piedra de hachís de doce gramos que había comprado en el barrio de Hortaleza y nos pusimos tan contentos. El chocolate olía bien y parecía de buena calidad. Hicimos cuentas y pagamos al Pato la parte proporcional. Tendríamos cigarritos de la risa para toda la noche y nos sobraría. Fue el propio Pato quien hizo los honores y lió un canuto de dos papeles que nos fuimos pasando para acompañar la bebida como era debido. En el momento álgido, el Pepe dijo que había comprado dos tripis a un colega de su barrio. El LSD no formaba parte de mis pretensiones aquella tarde, pero el Chino no le hizo ascos. Así que los dos se colaron medio cada uno, dejando otro medio para el concierto. No sé si todos hacían todas estas cosas que narro en los tiempos de la movida, pero nosotros sí, y puedo asegurar que mucha gente llevaba el mismo rollo.Estábamos tan a gusto en aquel banco que cuando quisimos darnos cuenta faltaba media hora para que empezara el concierto de los Kinks, porque ese era el objetivo de la noche. Tierno Galván había contratado al mítico grupo para tocar en el rockódromo de la Casa de Campo totalmente gratis cuando su caché en cualquier parte del mundo por aquel entonces era de a dos mil pelas por barba por lo menos. Así era el alcalde. Y nosotros, tan contentos, claro. Nos acabamos el güisqui en un santiamén y nos fuimos en busca del coche del Pepe, mejor dicho, del coche de su padre. O aquel hombre no sabía cómo ni con quién se movía su hijo o su sentido común brillaba por su ausencia. De otra forma, no se entiende que pudiera dejarle el coche a su hijo, un renault 18 ranchera nuevo. Haciéndome mis cuentas, pensé que era imposible atravesar Madrid de punta a punta en media hora. Me equivocaba. El Pepe arrancó y salió chirriando ruedas a toda leche. En cinco minutos habíamos cogido la M-30. Nunca había experimentado un trayecto en coche tan inquietante ni creo que lo vuelva a experimentar. Desde luego, era evidente que la percepción del Pepe estaba bastante distorsionada por el alcohol, los porros y el LSD, porque iba conduciendo a toda pastilla como si la carretera fuera un vídeo-juego. Cuando vi el estadio Vicente Calderón no me lo podía creer. El Pepe seguía adelantando coches por la derecha, por la izquierda y por el arcén y tocaba el claxon como si estuviera poseído por el demonio. No tardamos en alcanzar la valla del rockódromo, en la carretera de Extremadura. No había ni un sitio para dejar el coche y faltaban menos de cinco minutos para que empezara el concierto. De repente, el Pepe frenó en seco y metió marcha atrás.
-¡He visto uno! -dijo con los ojos desorbitados.
Yo también lo había visto, pero ahí no cabía un coche, y menos con la maniobra que se debía de hacer para meter el vehículo en batería contra la valla. Pero el Pepe no se lo pensó. Llegó hasta la altura del hueco, la rebasó un poco, inició la maniobra y lo metió. Vaya que si lo metió, rayó ambos laterales del coche de su padre y quedamos atrapados entre los dos coches adyacentes. Ante la imposibilidad de abrir las puertas, los cuatro salimos por la puerta del maletero.Antes de entrar, compramos dos litros de cerveza y nos plantamos en el rockódromo cuando sonaban los primeros compases del "You really got me". Lo habíamos conseguido. El rugido del público se oyó como debían oírse los vítores de los romanos en el Coliseum. La noche era perfecta y nosotros éramos jóvenes. Antes de bajar a la arena, el Pato nos enseñó una papelina de coca y nos dijo que si queríamos compartirla. Ahí sí, los cuatro estuvimos de acuerdo enseguida. El concierto estuvo genial, los Kinks se vaciaron. Había transcurrido una hora desde que sonara el último compás y ya quedaba mucha menos gente por allí. Nosotros dimos cuenta del penúltimo litro de cerveza sentados en la arena y antes de marchar nos metimos unas rayas allí mismo. Regresamos al coche y los dos de los laterales ya se habían ido, así que pudimos entrar al vehículo como las personas. Nos estuvimos riendo un rato antes de subir, incluso el Pepe. El desaguisado que le había hecho al coche de su padre era considerable. En el trayecto de vuelta no hablamos. El Pepe puso el loro y "Radio Futura", "Burning", "Ilegales", "Siniestro Total", "Parálisis Permanente" y otros llenaron el coche de música, nuestra música. La conducción por parte del Pepe era ya mucho más relajada. Se había comido en el concierto el segundo medio tripi, nos habíamos inflado a porros y a cerveza y nos habíamos metido unas rayas, pero aún así, el tío llevaba el coche con un control muy aceptable. Salimos de la M-30 por la salida de La Elipa. El Pepe iba confiado y en una de las calles ocurrió lo inevitable. Le dimos por detrás a un Opel Corsa. El número que vino detrás fue increíble. El Pepe, aun a pesar de haber tenido la culpa, se bajó del coche como una moto. A gritos, les pegó una bronca de campeonato a los del otro coche, cuyos rostros estaban blancos como la cera. La cara de miedo que percibí en aquellos cuatro muchachos, de nuestra edad aunque de un rollo mucho más pijo, era para verla. El Pepe, de piel morena como el tizón, a pesar de no serlo, parecía gitano y de los chungos.Una vez pasado el miedo inicial, el conductor se bajó del vehículo y, temblando, rellenó el parte. El Pepe me miraba de soslayo cuando no le veían y se descojonaba vivo.
-Ya te vale, acojonar así a los chavales -le dije.
El coche del padre del Pepe iba hecho un cromo. Una vez que rellenaron los partes, nos despedimos de los otros chicos. Todavía estaban blancos. El Pato les ofreció unas caladas del canuto que se estaba fumando, pero lo rechazaron. Se veía en sus miradas que lo único que querían era perdernos de vista cuanto antes. Y así fue, nos montamos en el coche y nos marchamos de allí al ritmo de "No mires a los ojos de la gente" de "Golpes Bajos". Ni el accidente redujo el ímpetu en la conducción del Pepe, que volvía a conducir según los dictados de su percepción que, a esas horas de la noche, iba un pelín jodida, la verdad. El caso es que al final consiguió llamar la atención y en un momento dado, vimos los reflejos azules de las luces de la policía nacional detrás de nosotros. A los pocos segundos, la sirena.
-¡Agarraros! -dijo el Pepe.Metió un acelerón que, por inesperado, dejó clavados a los maderos . Tardaron en reaccionar, pero en poco tiempo volvimos a tenerlos a unos metros.
-Pepe -dijo el Chino-, no hemos hecho nada. ¿Por qué no paras y aclaramos esto?
-Porque no me apetece dar explicaciones a los monos -dijo el otro doblando por una bocacalle de la calle Alcalá.Tras unos minutos de incertidumbre y de callejear a toda leche por el barrio de Ventas, nos dimos cuenta de que volvíamos a estar solos.
-La has cagado, Pepe -dijo el Pato-. Han estado a dos metros. Te habrán cogido la matrícula y a estas horas nos estarán buscando los maderos de todo Madrid.
-A lo mejor no. Vamos a tomarla -fue la contestación del Pepe.
No tardamos mucho en aparcar en una perpendicular de Francisco Silvela, en la misma puerta del pub, esta vez sin percances. Entramos y saludamos al Enrique, el dueño; éramos clientes habituales. Eran las seis de la mañana y el garito estaba en pleno apogeo. Después de sentarnos en una mesa pedimos cuatro birras , dos de lentejas y dos de fabada. La mujer de Enrique guisaba de fábula y era especialidad del pub servir platos calientes de madrugada. Después de comernos las legumbres pedimos unos güisquis y nos liamos una trompeta . Como era de esperar nos dio el bajón. Así que fuimos bajando al servicio de dos en dos y acabamos con la coca que nos quedaba. La coca tenía eso, que te ponía como si estuviera comenzando la tarde. Pero se nos cortó el rollo en cuanto vimos entrar en el garito a tres maderos que iban buscando con sus miradas a alguien. Pasaron por nuestro lado con la fotografía del padre del Pepe en la mano, y al Pepe no se le ocurrió otra cosa que levantarse y salir de najas . Los maderos no pasaron por alto el detalle y le trincaron del cuello en la puerta. Le pusieron las esposas con las manos a la espalda y regresaron a la mesa a por nosotros. Cuando quisimos darnos cuenta estábamos en la parte trasera de la lechera rumbo a la comisaría de Ventas. Uno de los maderos nos seguía con el coche del padre del Pepe.A la llegada, nos tomaron los datos, nos registraron de arriba a abajo y estuvieron una hora interrogándonos. No eran tontos, creo que se dieron cuenta enseguida de que no éramos delincuentes y que sólo éramos cuatro chavales pasados de rosca. Al menos, el Pato anduvo listo y, antes de que nos cogieran, había escondido la piedra de hachís debajo de los cojines del sillón del pub, así que estábamos limpios. Nos metieron en el calabozo y allí nos dejaron. El Chino seguía echándole en cara al Pepe que no hubiera parado en cuanto vimos a los maderos, que nos habríamos evitado problemas. Pero el Pepe, de una forma inverosímil, se había quedado dormido con la cabeza apoyada en los barrotes de la celda.Al cabo de una hora escuchamos ruido y vimos que venían los maderos. El padre del Pepe venía detrás de ellos. Abrieron la puerta y no tuvieron tiempo de advertir lo que iba a pasar. Yo sólo vi la mano del padre del Pepe, que parecía un muestrario de salchichas de Frankfurt, que se alzaba en el aire. Las dos hostias que le pegó a su hijo resonaron en la celda como latigazos.
-¡Hijo puta! ¡Cabrón! -fueron exactamente sus palabras-. ¡Tira p'a casa que te vas a enterar tú de lo que vale un peine!
Al Pepe no volvimos a verle hasta dos semanas después. Su padre le tuvo todo ese tiempo castigado en casa.Poco a poco, empezaron a llegar los respectivos padres de cada uno de nosotros y nos fuimos marchando a casa. Las retahílas de nuestros progenitores, que por aquel entonces no podían con nosotros, se repitieron en cada hogar.No fue la primera noche que acabamos en comisaría ni sería la última.
Así fueron aquellos tiempos de mi juventud en la que un alcalde, Tierno Galván, dirigía los destinos de una ciudad en la que cuajó un movimiento cultural famoso aún hoy en todo el mundo.No sé qué habrá sido del Pato, aunque la última vez que oí hablar de él estaba en el trullo . El Chino y el Pepe cayeron en el caballo . Al primero le encontraron muerto con una sobredosis de heroína en Alonso Martínez. El Pepe murió de sida. Ninguno pasó de los veinticinco años de edad.Yo ahora soy lo que nadie habría creído que pudiera llegar a ser, es decir, un tipo normal, casado, con hijos y alejado de todo aquello. Un tipo que ha podido vivir para contarlo.